
En las últimas décadas, los pueblos indígenas de Guatemala han conseguido importantes avances. Hoy son más visibles, han generado espacios para hacerse escuchar e incluso ocupan más puestos públicos y en áreas académicas o de investigación.
Sin embargo, esos avances pueden parecer insignificantes si se hace un repaso de la situación crítica en que vive la mayoría de pobladores indígenas; más de la mitad de la población guatemalteca.
El racismo y la discriminación, la desproporción entre su número y su representación en espacios políticos e institucionales, el acceso deficiente a servicios básicos como salud y educación, en su idioma, y el uso folclorista de sus rasgos culturales son motivos de que los pueblos guatemaltecos conmemoren el Día Internacional de los Pueblos Indígenas con una mezcla de alegría, recelo, esperanza y la demanda de políticas concretas.
“El problema sigue intacto, aunque se empezó a discutir hace 30 años. Hay un sobrediagnóstico y hacen falta políticas, pues la discriminación sigue, aunque solapadamente”, afirma Rigoberta Menchú Tum, Premio Nobel de la Paz 1992, reconocimiento que puso a los mayas guatemaltecos en el ojo del mundo. Menchú considera el racismo como “una enfermedad social” que persiste y se ha globalizado.
De acuerdo con la última encuesta efectuada por Vox Latina y el Organismo Naleb, para Prensa Libre, la cual fue publicada en mayo del 2009, el 92 por ciento de encuestados admitió que hay racismo en Guatemala.
Álvaro Pop, politólogo que actualmente integra el Foro Permanente de las Naciones Unidas para los Pueblos Indígenas, expone: “El racismo en Guatemala es como el alcoholismo. Tener un familiar alcohólico no lo podemos negar, es absolutamente obvio, pero no lo queremos tratar”.
Isabel Cipriano, de la asociación de mujeres mayas Moloj, asevera: “El racismo es a veces enfermizo. Las mujeres y los pueblos indígenas somos utilizados solo como adornito”.
No hay Estado para todos
La discriminación hacia los indígenas se evidencia en el limitado acceso al ámbito político, educativo, sanitario o de justicia. “Colocan a alguien indígena en la sexta u octava casilla —en elección de diputados—, para simular inclusión”, señala Cipriano.
Menchú manifiesta que el problema radica en la falta de un Estado verdaderamente plural e incluyente.
“No hay Estado en Guatemala para los pueblos indígenas. Por ejemplo, si vamos al área Ixil, el Estado se reduce a un representante, y posiblemente las oficinas más conocidas son los tribunales. La representación del Estado se reconoce como castigadora, no como armonizante”, precisa.
La limitación de acceso ocurre de igual manera en los organismos Ejecutivo y Judicial, coinciden los activistas.
En el actual gobierno solo se ha tenido un ministro indígena, en el Ministerio de Cultura, y en el Congreso solo hay 15 diputados mayas, de los 158 que integran ese organismo. Tampoco cuenta con algún representante garífuna o xinca; las otras etnias minoritarias.
A pesar de todo, Pop considera que existe un avance importante en participación política de los pueblos indígenas, que hoy están presentes en todos los partidos políticos y espacios locales. En las elecciones del 2007, de las 333 municipalidades, 129 fueron ocupadas por alcaldes indígenas, lo cual evidencia que existe participación.
Educación y salud
La ausencia del Estado es visible en rubros como la educación, donde los datos indican que de cada 10 analfabetas, seis son indígenas.
A pesar de la Dirección General de Educación Bilingüe Intercultural, no se ha logrado una cobertura completa, ya que solo es del 22 por ciento. Álvaro Pop no duda en calificar la implementación de este proyecto como “un fracaso”.
“Las coberturas son limitadas, las poblaciones indígenas están optando por regresar a la escuela normal, porque no hay maestros, y muchos no quieren enseñar en su propio idioma”, refiere Pop.
En cuanto a salud, la situación es similar, ya que a pesar de que se amplió la cobertura gratuita, aún hay una brecha grande entre las poblaciones indígenas y las no indígenas en el acceso y calidad del servicio.
Un ejemplo de ello es la atención del parto; mientras el 70 por ciento de los alumbramientos no indígenas son atendidos por médicos, el personal institucional solo se ocupa del 29 por ciento de partos de mujeres indígenas, según la última Encuesta de Salud Materno Infantil.
Los niños también padecen por estas diferencias. Mientras en los menores no indígenas la tasa de mortalidad infantil es de 33 por cada cien mil nacidos vivos, en indígenas es del 51 por cada cien mil.
Estos pequeños son también los que más sufren la desnutrición crónica. Según los últimos datos, el 43 por ciento de los niños menores de 5 años en el país adolecen de este mal, y de ellos, la mayoría es indígena.
Otro aspecto que afecta a este sector es el de los recursos naturales, debido a que los pueblos indígenas habitan zonas altamente condicionadas por empresas de acuerdo con su riqueza minera o hídrica. Hasta ahora existen 459 concesiones para proyectos, algunos de los cuales están en marcha, pese a la oposición de la población local manifestada en consultas comunitarias e incluso protestas.
¿Razones para celebrar?
A pesar de las dificultades y los retos pendientes, este día es para celebrar “que estamos aquí, que ya hay instrumentos internacionales y nacionales por los derechos de los pueblos indígenas, que hay un empoderamiento”, expresa Isabel Cipriano, de Moloj.
“Este tipo de días nos ayuda a sentirnos vivos y a reivindicarnos a nosotros mismos y a nuestros abuelos y abuelas ”, añade.
La Unesco entregará mañana al Gobierno, en forma oficial, el informe “Invertir en la Diversidad Cultural y el Diálogo Intercultural”, elaborado en todo el mundo. En este documento se destaca el valor de la diversidad cultural para un país. “Urge invertir en diversidad cultural”, precisamente porque este es un instrumento para el desarrollo y la prevención de conflictos.
“La cuestión crucial consiste en proponer una visión coherente de la diversidad cultural, para aclarar cómo, lejos de ser una amenaza, puede aportar beneficios a la acción de la comunidad”, afirma el estudio.
Para vencer cualquier barrera o pretexto, la Unesco sentencia: “No hay sociedades culturalmente homogéneas, salvo que se haya aplicado políticas en busca expresa de ese fin, contradiciendo así el derecho de libre determinación cultural. Por desgracia, en la historia de la humanidad, con sus genocidios, sus limpiezas étnicas y sus muchas formas de exclusión sobreabundan los ejemplos de esas políticas”.
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