Opinión

CABLE A TIERRA

40 días antes de la farsa

Karin Slowing

Karin Slowing

40 son los días que faltan para el 6 de septiembre. Si le pasa a usted lo que a mí, seguro que le ha dominado más la confusión y el desencanto que el entusiasmo por el proceso electoral que se avecina.

Antes de ahora, votar había tenido siempre un significado: mi vida como ciudadana dio inicio en pleno proceso de tránsito a la democracia. Fui una de millones de jóvenes que en ese entonces confiamos que al ejercer nuestro voto y elegir el primer gobierno civil y democráticamente electo en mucho tiempo, estábamos cambiando al país. Fue la convicción de que la democracia era un proceso y que, con todo y sus defectos, era mejor que volver a los gobiernos militares, la que hizo que durante dos décadas insistiera cada cuatro años en renovar mi esperanza en las urnas.

Así fue, hasta que se volvió a elegir a un general. Con él, lo que hicimos fue apostarle al modelo del pasado para construir el futuro. ¡Tamaña equivocación! Él y su camarilla nos arrastraron hasta el fondo del pozo. Gracias a la Cicig y al MP constatamos lo oscuro y apestoso que es, y ahora esperamos que la justicia —de acá o de otros lados— los alcance y les dé su merecido.

Hoy nos enfrentamos a las elecciones 2015 con pruebas de que al depositar nuestro voto le estaremos dando licencia a otra camarilla para terminar de sepultar nuestro país en la podredumbre. No importa el color que elija; la única ideología vigente en el sistema político actual es el oportunismo.

Son pocos quienes están peleando honestamente por un espacio para promover cambios. Pero ni así han logrado articularse en un frente común que pueda constituirse en una alternativa electoral real, siquiera para el Congreso. Piensan que desde dentro, cada quien en una curul, carcomerá las entrañas de la bestia. Pregunten a los pocos dignos que ya están allí dentro si en realidad eso es posible.

Las elecciones en estas condiciones solo son la llave para perpetuar el sistema corrupto. Sin estas, los corruptos están perdidos y, seguramente, fuertemente endeudados, a saber con qué clase de acreedores. Por eso tienen pavor de que en estos siguientes 40 días pasen cosas todavía que les hagan perder la oportunidad de hacerse del poder. Saben que si las elecciones se posponen, posiblemente no lograrían su cometido.

En esta postura de defender “SU estado de derecho” no están solamente los políticos; hay otros actores a quienes el estado actual de las cosas les sirve muy bien; que prefieren vivir en el lodo antes que renunciar a sus privilegios. No se sorprenda de que en los días que vienen los vea hacer comparsa con la casta política. Defender abiertamente que todo debe proseguir como está previsto. ¡Cómo no, si hacer algo distinto pone en riesgo sus intereses!

Los vemos ya desplegar los armamentos contra la Cicig y contra el MP; victimizarse en foros internacionales y ante los medios de comunicación. Sus aliados querrán pronto cooptar el movimiento ciudadano, “reencauzarlo”; defender lo indefendible. Ante estas situaciones, debemos estar alerta.

¿Para qué queremos elecciones ahora sin que haya antes una reforma profunda a la Ley Electoral y de Partidos Políticos que comience a dar desde ya un nuevo sentido a la democracia? ¿Para qué elecciones ahora con los mismos actores y para los mismos propósitos?

Le animo a reflexionar seriamente si está dispuesto a abrir nuevamente a los cacos las puertas del reino este 6 de septiembre o trabajamos mejor para recuperar nuestro país.

Yo, al menos, exclamo junto a muchos que ¡En estas condiciones, no queremos elecciones!