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25/07/00 - 00:00 Opinión

AC’TXUMBAL
Un nombre producto de la violencia

La aldea Ac’txumbal es un testimonio fiel de que aun en medio de la peor violencia es posible encontrar senderos de paz y bienestar.

POR: OTTO PéREZ MOLINA

Cuando me confirmaron el espacio para escribir en Prensa Libre no dudé que el nombre de mi columna seria Ac´txumbal, un vocablo ixil que significa nueva vida, y representa para mí una vivencia inolvidable; comparto con los lectores, muy resumidamente, esa experiencia.

En julio de 1982, recién ascendido al grado de mayor, fui asignado a la Fuerza de Tarea Gumarkaaj, con sede en Santa Cruz del Quiché, y de allí, enviado como comandante de un equipo de combate al Triángulo Ixil, con sede en Nebaj. Mi estancia en esa área se extendió por casi un año, y constituyó una experiencia que dejaría una huella imborrable en mi vida personal y profesional.

Para ese entonces, el autodenominado Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), que operaba en el noroccidente del país, era la organización guerrillera que más había logrado crecer. Como parte de su estrategia de guerra popular prolongada, una de sus tácticas era organizar e involucrar a la familia completa, es decir, no sólo a los jóvenes en edad de combatir, sino también a mujeres, niños y ancianos, así como sustituir por la fuerza el poder local, lo que les permitió llegar a tener el control de aldeas completas.

La realidad que se vivía en Nebaj era verdaderamente trágica; la mayor parte de la población se había concentrado en la cabecera municipal, por temor a la guerrilla o al mismo Ejército. Quienes permanecían en sus aldeas se encontraban viviendo en condiciones infrahumanas.

El EGP los consideraba parte de su organización, les asignaba tareas de apoyo y les prohibía moverse de su localidad. No tuve ninguna duda que en esa situación el esfuerzo debería orientarse prioritariamente hacia la población. No se trataba de asuntos ideológicos o de bandos; era, sencillamente, una cuestión humanitaria. Además, en un enfrentamiento de ese tipo, lograr el apoyo de la comunidad era vital.

Las instrucciones que impartí a mi equipo fueron claras: ganar la confianza de la población a través de nuestras actitudes, con el objetivo de defenderla, y lograr su colaboración y respeto sería uno de los retos más importantes.

El tiempo nos dio la razón. Una noche, dos personas que pidieron platicar conmigo resultaron ser dos líderes evangélicos, que representaban a unas dos mil personas de varias aldeas que aún permanecían en sus localidades, sufriendo. Me expresaron que habían tenido noticias de que el Ejército de Nebaj, al mando del comandante Tito, que era mi nombre de guerra, estaba apoyando a la población. Dijeron que si les daba mi palabra de que se les respetaría la vida, estaban dispuestos a salir.

Se escogió el campo de Salquil, una de las tantas aldeas abandonadas, como punto de reunión. Sabía perfectamente que esto representaba un duro golpe para la guerrilla, y que ésta trataría por todos los medios de impedir el movimiento. En medio de hostigamientos de la guerrilla y combates con nuestras patrullas, la operación fue exitosa. Recuerdo la honda impresión que me causó ver a tanta gente en tan malas condiciones. Al finalizar, soldados e ixiles agradecimos a Dios la oportunidad de poder dar inicio a una nueva vida.

En agradecimiento a lo que no era más que nuestra obligación, la nueva comunidad, en su reciente asentamiento, decidió bautizarla como la Aldea del Mayor Tito. Convencido de que el nombre debía representar algo más que a una persona, encontramos uno diferente, Ac´tzumbal, que significa nueva vida.

Guardo un reconocimiento firmado por los representantes de las dos mil personas que dice: "Por sus acciones y medidas de protección tomadas para rescatarnos de la miseria y situaciones difíciles a que estuvimos sometidos, manifestándonos su comprensión, su profundo espíritu humanitario y su apoyo para superar nuestras necesidades".

Hoy, después de 18 años, los pobladores, originales en su mayoría, han regresado a sus respectivas comunidades. La aldea Ac´txumbal aún existe, tiene poco menos de dos mil habitantes y es un testimonio fiel de que incluso en medio de la peor violencia es posible encontrar senderos de paz y bienestar.

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