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22/10/11 - 00:00 Opinión

RERUM NOVARUM

Aborto y derechos

Cuando en 1948, en uno de los mejores momentos de su historia, las Naciones Unidas proclamaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, este término comenzó a ser fundamental en nuestra época. Tras los derechos humanos más fundamentales, los llamados de primera generación, se fueron estableciendo consensos para establecer derechos humanos en los ámbitos económico y social, así como también en el cultural. Ello dio pie a los derechos de segunda y tercera generación.

GONZALO DE VILLA

No todos los países aceptaron la totalidad de los derechos humanos de primera generación. Menos aún los de segunda y tercera generación. Hay países que desconocen lo que es un sistema democrático y niegan derechos tan elementales como la libertad de expresión o la libertad de cultos.

En los últimos 40 años, sin embargo, hay un conflicto fundamental que se ha establecido en la comunidad internacional en torno a la temática de los derechos humanos y gira en torno al tema del aborto. La legislación de numerosos países y, peor todavía, las políticas de gran cantidad de organizaciones de derechos humanos, han definido el aborto como algo legal, como un derecho reproductivo de la mujer, tal vez lamentable, pero perfectamente legal, legítimo y, al final, entendido como un derecho humano de la mujer a disponer libremente de un producto de su propio cuerpo.

Si la declaración de los derechos humanos en 1948 constituye una de las páginas más brillantes en la historia de las Naciones Unidas, el modo en que el tema del aborto ha sido impulsado para establecer su legitimidad en cuantos más países mejor y para empujar a los que se oponen a ello a que cesen en su resistencia, es seguramente una de las páginas más infames en la historia de las Naciones Unidas.

La posición de la Iglesia Católica y, en general, también de las evangélicas, es de rechazo al aborto y a su legalización, porque detrás del aborto se está cometiendo un homicidio y se está negando el derecho a vivir al más indefenso de los seres, al no nacido. Es por ello una contradicción absoluta que quienes aprueban el aborto o legitiman su práctica puedan después hablar de derechos humanos alegremente. Negar de manera flagrante en un caso particular el derecho a la vida deslegitima, a mi juicio, toda autoridad moral o intelectual para hablar después de derechos humanos en general o de cualquier derecho humano en particular. En mi opinión, quien aprueba el aborto como un derecho carece de autoridad moral para hablar de derechos humanos.

Sin embargo, la gran mayoría de organizaciones de derechos humanos no se oponen al aborto en cuanto tal y, con diferentes matices, lo aprueban. En ello encontramos una contradicción esencial que, no obstante, no ha sido discutida públicamente con la frecuencia con que debiera abordarse.

La defensa de la legitimidad del aborto y la promoción de los derechos humanos constituyen una contradictio in terminis. Señalarlo así me parece muy importante.

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