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Prensa Libre

17/03/13 - 00:03 Opinión

SI ME PERMITE

Adolescente, pero no toda la vida

La primera evidencia de la madurez es dejar atrás la adolescencia.

SAMUEL BERBERIáN

“Estamos viviendo un momento histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero moralmente es un pigmeo”. Mario Moreno Cantinflas

En nuestra vida, todos los mortales hemos pasado los años difíciles entre la niñez y la juventud, la etapa llamada adolescencia, cuando a veces se porta maduro y a veces como niño. Para el que la vive representa una etapa de transiciones, dificultades y las indecisiones más evidentes. Es parte formativa de la cual hay que ser ayudado para iniciar y también asistido para terminar ese tiempo exitosamente. Sin duda, para los que acompañan a las personas que viven la adolescencia están tan desesperados que buscan ayuda para que los asistan, por el desgaste que genera.

Uno debe entender que es una parte de la vida, y que es imposible esquivarla. No se puede buscar el modo de no tener que pasarlo. Pero ese no es el peor problema; lo difícil es cuando uno observa las personas que se quedaron atrapadas en su adolescente en tiempo de pasar de la niñez y buscar su estado de adulto o las que regresan a la adolescencia para poder vivir su vida a como ellos quieren y que el resto vea cómo se acomoda.

Entendiendo que la adolescencia es el período de la vida donde uno deja la niñez —por accidentada o divertida que esta sea— y debe empezar a visualizar las responsabilidades de una vida de adulto, por lo que tiene que visualizar —más que gustos y disgustos— la responsabilidad que no se puede evitar. En esta etapa es donde se evalúa y se echa mano a las normas morales que hemos recibido en la niñez, pero si no las hemos tenido, la adolescencia puede ser catastrófica y el inicio de una vida de adultos puede llegar a ser tan golpeada que afecte el resto de la vida.

Cuán importante es en los años formativos de los niños que, antes de aplaudir sus rendimientos académicos o sus habilidades deportivas, asimila las normas y patrones morales que lo acompañarán el resto de la vida. Esto explica por qué algunos adolescentes nos sorprenden con conductas extrañas en sus años difíciles, porque no tienen normas morales de donde afianzarse para dar sentido a lo que pretenden lograr.

Y ¡pobres aquellos! que por alguna razón vivieron los años de adolescencia en estructuras donde pareciera que tenían una camisa de fuerza y como autómatas pasaron el tiempo y las vivencias y no lograron conocerse a sí mismo y poder superar las emociones encontradas propias de ese tiempo. La vida se cobra la factura y en algún momento tardío regresan a una conducta no propia de su edad, que nos sorprende a todos los que estamos conviviendo con ellos.

Es claro que cada cosa en su tiempo es lo mejor, y además en el tiempo que se vive no justifica una tolerancia pasiva sino más bien un acompañamiento propositivo, y con normas bien definidas, recordando que las prioridades no son alternativas sino más bien herramientas redentoras para que vivamos digna y ordenadamente, no solo el momento sino el resto de la vida que construimos sobre el presente.

Esto nos ayudará a recordar el pasado que hemos vivido y no tener que apenarnos, ni mucho menos dar justificaciones innecesarias que nadie las haya pedido, por lo que hemos vivido. Es tiempo de repasar nuestras reglas morales para que nos ayuden a cruzar cada etapa de la vida sin violentar la vida de los que nos rodean.

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