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Prensa Libre

21/03/11 - 00:37 Opinión

CATALEJO

Consecuencias del maremoto

NUESTRO IDIOMA TIENE una palabra para “tsunami”: maremoto. Sin embargo, a consecuencia de la magnitud inmensa de los dos últimos fenómenos de ese tipo ocurridos en el mundo, el de Indonesia hace cinco años y el de Japón, hace diez días, es válido utilizarla, porque en sí implica un desastre de magnitud muy grande en el lugar donde ocurre, y al mismo tiempo un posible efecto destructivo a miles de kilómetros.

MARIO ANTONIO SANDOVAL

De esto, el primero de los fenómenos mencionados fue un ejemplo claro porque ocurrió en un lugar donde a distancias relativamente cercanas se encuentran importantes centros de población humana. Sea como fuere, el despertar de la posibilidad de súbitos fenómenos naturales ya está teniendo consecuencias inesperadas.

EN JAPÓN SE CUMPLIÓ de nuevo un hecho: muchas veces los efectos de los fenómenos naturales en sí no son tan serios como los provocados por las acciones humanas. En este caso, la alarma mundial provocada por la falla de las centrales eléctricas nucleares construidas en suelo japonés es un recordatorio claro de la capacidad humana de no tomar en cuenta lo obvio. Los terremotos han estado en Japón siempre, y lo estarán mientras el mundo exista, como ocurre en todos los países del cinturón de Fuego del Pacífico y en los lugares donde las placas tectónicas de la Tierra tienen fronteras comunes. Japón, por esa causa y por el holocausto nuclear ya sufrido en carne propia, se encuentra entre los peores lugares para instalar plantas atómicas.

DE PRONTO, EL MUNDO se ha encontrado frente a una realidad evidente y no por olvidada menos peligrosa. La atómica, como todos los tipos de producción de energía, puede fallar. Eso se debe tomar en cuenta con las centrales termoeléctricas, hidroeléctricas y geotérmicas, pero en el caso de la atómica, las consecuencias de su falla pueden alcanzar magnitudes globales, no solo por la posibilidad de explosiones, sino por los efectos colaterales económicos y de otro tipo causados por el cierre inmediato y obligado, por prevención, de centrales de su tipo en el resto del mundo, como ya está ocurriendo en Europa y muy posiblemente en Estados Unidos. La energía atómica está colocada ahora en el banquillo de los acusados y puede salir condenada.

A MI CRITERIO, ESTE FACTOR del peligro de la energía atómica, más el hecho del ya predecible fin de los derivados del petróleo, tendrá como consecuencia el aumento en el número e intensidad de las investigaciones mundiales para nuevas formas de producción energética. El viento, las aguas del mar, el sol, así como avances para incrementar de manera considerable el rendimiento de la gasolina de vehículos —por citar un par de casos— son algunas de las áreas ya cubiertas por la tarea de los científicos. La presión de la opinión pública mundial incidirá en mucho para nuevos avances, cuyos efectos colaterales serán enormes, como por ejemplo cesar las tensiones causadas por la política en los inestables países productores de petróleo.

ESTE TIPO DE TRABAJO científico ocurrirá como consecuencia de tareas científicas anteriores, cuyos efectos no pudieron ser debidamente previstos. El concepto de inagotabilidad solo puede aplicarse al aire y al sol, pero no a las demás formas conocidas de producción energética. La arrogancia humana de no pensar de manera completa en los efectos de sus invenciones debe empezar a ceder el paso a los viejos conceptos de la dependencia de nuestra especie ante los embates de la naturaleza. Cada vez queda más clara la realidad de las viejas ideas de las culturas aborígenes americanas, entre ellas los pieles rojas, para quienes la tierra castigará a quienes la traten con irrespeto. Y el uso de la energía atómica encaja perfectamente en su concepto.

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