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06/10/10 - 00:00 Opinión

Crimen de lesa humanidad

EL JUICIO DE NUREMBERG, que se llevó a cabo de noviembre de 1945 a octubre de 1946, exhibió con lujo de detalles todas las atrocidades que las huestes hitlerianas habían cometido contra los judíos y demás pueblos considerados inferiores a los arios, a quienes creían superiores, por ser de piel y ojos claros.

HAROLDO SHETEMUL

Ese proceso definió los crímenes de guerra —asesinato, tortura, violación, esterilización forzosa, aniquilamiento de enfermos en hospitales psiquiátricos e investigaciones médicas coercitivas, nocivas y letales contra prisioneros, civiles y pacientes—; crímenes contra la Humanidad —muerte en masa—; Genocidio —exterminio de un grupo étnico—; Guerra de agresión —atentar contra la seguridad interna de un Estado soberano—.

POR ESAS MISMAS FECHAS, EE. UU., uno de los impulsores del juicio de Nuremberg, emprendía en Guatemala un experimento de inoculación de enfermedades de transmisión sexual en más de mil 500 guatemaltecos, entre prostitutas, soldados, reos y enfermos mentales, que se efectuaron entre 1946 y 1948. Bajo la fachada de administrar un nuevo suero, el grupo encabezado por el médico John Charles Cutler, oficial médico del Servicio Público de Salud de EE. UU., los infectaba con sífilis, gonorrea y chancroide. El experimento se extendió a niños huérfanos y de escuelas, a quienes supuestamente solo les hicieron pruebas clínicas de sangre. Con anterioridad, Cutler había hecho lo mismo en Tuskegee, Alabama, con una población de afroamericanos.

EN ESTOS DOS ESCENARIOS se sintetizaba la política de doble moral de Estados Unidos, pues mientras condenaba las atrocidades de Hitler, en su patio trasero latinoamericano comenzaba a desarrollar acciones ilegales que incluían todo aquello que repudiaba en Europa. Los experimentos de Cutler entre guatemaltecos no era un hecho aislado, sino que formaba parte de una acción discriminatoria y racista, porque buscaba ensayar la cura de enfermedades de transmisión sexual que, cuando se comprobara su eficacia, pudiera administrarse sin ningún peligro a la población blanca norteamericana. Lo más horrendo es que las acciones de Cutler se extendieran a niños guatemaltecos, lo que demostraba el nivel criminal de la política gringa y de la Oficina Sanitaria Panamericana, antecesora de la Organización Panamericana de la Salud, que financió esta monstruosa investigación.

POR SUPUESTO que debemos reconocer el valor del presidente de EE. UU., Barack Obama, de ofrecer disculpas, porque lo mismo hizo Bill Clinton al pedir perdón por la intervención militar de 1954, pero eso no es suficiente, porque se trató de un crimen de lesa humanidad. Tenemos ante nosotros un ejemplo de cómo ese país nos ha visto y nos ve como una nación de quinta categoría, donde puede entrar como Juan por su casa a imponer gobiernos y hacer experimentos atroces con nuestros compatriotas. Al igual que ocurrió con el juicio de Nuremberg, este caso debe investigarse y llevarse a sus últimas consecuencias porque estos crímenes deben tener una reparación en términos morales y económicos. ¿Será que si las víctimas hubieran sido estadounidenses, Obama y sus ciudadanos se hubieran quedado de brazos cruzados y entre risa y risa hubieran aceptado una simple disculpa?

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