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Opinión

TASOLILOQUIOS

Cuarto mundo (VII)

Lo encontré allá, solo. Sentado sobre un montón de tablas y cartones que antaño fueron de su barraca. Era una barraca que él había construido para refugiarse. Lo encontré allá sentado sobre sí mismo. Por culpa de su soledad que impone la pobreza de sus padres.

Tasso Hadjidodou

TASSO HADJIDODOU

A los 13 años Mateo está solo, sin cuates, ya que cuando los ve, tiene vergüenza y se esconde. Está solo, relegado con su familia. En su barrio nadie lo frecuenta. Nadie se interesa en él, ni en él, ni en todos los que tienen vergüenza por las mismas razones que él. Aquí nunca hay un maestro que venga a visitar a la familia. Un pastor que comparta su fe. Un hermano mayor que les dé parte de su tiempo para hacer nacer en su corazón un poco de confianza y de felicidad.

Si no me ocupo de los demás, no es porque no los quiera. Es porque hay demasiada gente ausente y para que crea que él es amado y que los suyos están siendo respetados.

La vez pasada, lo encontré en la barraca que había construido con las tablas y cartones en los que precisamente estaba sentado hoy. La había construido esperando que otros niños vinieran a sentarse encima de ellos. Compartir con él sus risas, sus juegos y sus sueños. Esperando que adultos se reunirían con ellos. Había arreglado muy bien su barraca. Había colocado un colchón como sillón. Sobre una estantería había tres tasas y en un rincón, se me olvidó qué rincón era, una virgen velaba discretamente. Un calendario indicaba el tiempo. La última vez, me había sentado al lado de él y me preguntaba cómo podríamos juntos construir un universo donde los niños aprendieran a leer y a escribir. Donde los institutores, después los sacerdotes y los demás y donde toda la gente fuera amiga de ellos. Un universo de hombres y de mujeres que los considerarían como futuros “hombres” y que los hijos de la miseria ya no tendrían que huir. En la barraca colgaba también un plato, sobre la cual estaba escrito “Danos hoy, nuestro pan de cada día”. Este pan no era dado a todos los niños del mundo. Para los pobres, el pan de todos los días es la vergüenza de la miseria. Para Mateo, su pan es la ausencia y la soledad. ¿Por qué había él abandonado su sueño y destruido su barraca? Le pregunté y esperé demasiado. Me dijo. Había esperado que alguien viniera a sentarse a su lado, algún vecino o de alguna otra parte, que hubiera venido hasta su barraca por voluntad propia, por amor, traído por su corazón. Alguien que hubiera sentido que este niño representaba a millones de niños que estaban esperando en vano y que seguían esperando. Pero nadie llegó. Entonces Mateo destruyó su refugio. No servía para nada, pues no encontró la amistad esperada. Que colmara su soledad. Era como una cuna vacía, donde los magos y los pastores no hubieran encontrado el camino.

Además, más allá de las fronteras de los humanos, existe la desesperanza. El sentimiento de que no hay nada que hacer. Que es imposible escapar. Que ninguna persona les podrá tender la mano. En esa cárcel, la misma angustia que conocí tantas veces en Europa, me agarraba de nuevo. Estaba dentro de un montón de brazos de cuerpos, de miradas que se posaban sobre mí, en el corazón mismo de la cárcel. (Continuará)


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