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13/05/13 - 00:00 Opinión

Desaparecidos

La creación de la alerta Alba-Kenneth ha sido providencial para muchas madres y padres angustiados por la desaparición repentina de un hijo. Este mecanismo ha contribuido a la localización de más de mil menores en los primeros meses del año, lo que da una idea de la dimensión del problema, pero aún continúa la búsqueda de más de medio centenar y de ellos no hay rastro alguno.

Carolina Vásquez Araya

CAROLINA VáSQUEZ ARAYA


Es difícil ponerse en el lugar de quienes de pronto pierden a una hija o un hijo y enfrentan la pesadilla de no encontrarlos ni saber en dónde están. Los entes de investigación se ven sobrepasados por la enormidad del fenómeno y en muchas ocasiones carecen de pistas suficientes para resolverlos con éxito. Los negocios de la trata, el tráfico de órganos, la prostitución forzada, las adopciones ilegales, el secuestro exprés y los ritos de iniciación de las pandillas son algunos de los destinos para estos miles de niñas y niños atrapados en el horror de convertirse en un elemento de intercambio.

Lo que llama la atención es el hecho de que a diario desaparezcan niñas, niños y adolescentes como evaporados en el aire y esto no encienda una luz de alarma en la sociedad. Es como si no importara en tanto no toque la integridad de la propia familia. En Estados Unidos, el Centro Nacional para Niños Desaparecidos y Explotados, luego del hallazgo y rescate de 3 mujeres que vivieron cautivas durante 10 años, ha revelado que son alrededor de 4 mil los casos de menores nunca recuperados por sus familias, señalando con esto la extensión del fenómeno.

Estas cifras hacen reflexionar sobre la degradación a la cual debe llegar un individuo o un grupo para sustraer a un menor con miras a su explotación sexual, física, psicológica o económica. ¿Cuál es el nivel de perversión que lleva a alguien a destruir con tanta saña a un ser indefenso? ¿Cómo se ejecuta un plan tan siniestro y por qué motivos?

Se ha determinado que uno de los mayores problemas para resolver estas desapariciones es precisamente la inocencia de las víctimas. Muchas veces son engañadas y retenidas sin oponer resistencia y rara vez los hechos son presenciados por testigos. Esto da un margen de impunidad extremadamente elevado y entorpece las líneas de investigación al no tener pista alguna que seguir.

De acuerdo con los especialistas, la única manera de reducir la incidencia de estos crímenes es a través del involucramiento real y efectivo de la ciudadanía. De hecho, la mayoría de casos se ha podido resolver cuando los vecinos sospechan al ver movimientos inusuales o escuchan ruidos que ameriten una denuncia. Sin embargo, para que este sistema funcione es necesario que tanto las fuerzas policiales como el sistema de justicia sean sensibles a este fenómeno y le presten una atención prioritaria, absteniéndose de emitir juicios apresurados sobre los posibles motivos de la desaparición de las víctimas hasta no haber concluido las investigaciones.

Una sociedad no debería dormir en paz mientras haya niñas, niños y adolescentes desaparecidos. Este no es solo un fenómeno más de criminalidad, es un reflejo de los profundos abismos morales de la sociedad en la cual vivimos.


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