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27/07/13 - 00:29 Opinión

LA ERA DEL FAUNO

Desconfianza

Hay churrascos duros como carne cruda de perro; también, médicos que más parecen ayudantes de sepulturero, abogados estafadores o templos blanqueados como sepulcros. Los convenios bancarios y crediticios tienen escrito con letra microscópica lo que mañana será una amistosa puñalada, pues así se anuncian hoy día los bancos: son nuestros amigos.

JUAN CARLOS LEMUS

La mentira es una peste nacional propagada y aceptada como si fuera algo natural. La paradoja es que por una parte la sociedad se habitúa a ello, y por la otra vive en desconfianza de los productos, personas y servicios. Con justificada razón se duda de cada paso que da el Gobierno, así como de las cifras anotadas en los recibos de energía eléctrica, telefonía, cable, agua, internet, en todo. Demasiada falsedad hay en los discursos televisados, radiales, escritos y en la publicidad.

Por la zona 1 hay una cantina que a la entrada tiene el anuncio de un guaro famoso. Es la fotografía de una muchacha joven, bella, en bikini, con un octavo en la mano, que dice: “Bien ganado”. ¿Ganado qué? ¿una brutal borrachera de dos meses a cambio de trabajar a brazo partido; incitado por una foto que no coincidirá jamás con la señora de delantal que escupe al suelo y tiene músculos para sacar del buche a cualquier borracho?

En Guatemala nadie sabe ni siquiera qué contienen las salchichas. Sí, esas que venden en supermercados para la clase media baja chapina. Es razonable dudar de los registros sanitarios y de que el agua potable en verdad lo sea. La única esperanza popular —ingenua y necia, pero esperanza al fin— es ese vodevil al que todavía llamamos “fiesta cívica”; ilusión semejante a la del borracho con su patojona.

Cada cuatro años, los votos depositados en las elecciones generales son el grito de auxilio lanzado por un pueblo desesperado. Es el estertor de un agónico que tartamudea su última voluntad, pero pronto es traicionado. El PP, con su propaganda de “mano dura, cabeza y corazón”, hizo bailar a muchos que hoy bailan pero colgados de los buses. En el 2011 escuché en un mitin al entonces candidato a diputado Gudy Rivera, que micrófono en mano gritaba: “¡Óiganlo bien, mareros, les advierto que tienen sus días contados!” ¿Y sabe qué?, la gente aplaudía. Ovacionaba. El miedo es vergonzoso. Y la confianza se hizo polvo.

Tales farsas agravan nuestra manera de relacionarnos. Vivimos encerrados entre talanqueras, guardias, cámaras. Si un taxista nos hace preguntas es porque algo quiere; si el taxi usa taxímetro, puede que haya sido alterado. Hacemos las cuentas en los restaurantes porque sospechamos que nos cobran de más; estamos alertas por si no nos dan cabal el vuelto; tampoco cabal el galón de gasolina ni el gas. Cuanto nos garantiza la Constitución: alimento, educación, vivienda, salud, locomoción, está infestado. Eso nos vuelve desconfiados. Y se nos nota, aquí o en cualquier lugar del mundo.

A quien se sienta libre de todo eso y se considere una persona confiada, la invito a que de noche, bajo la hermosura de un cielo estrellado, se tienda boca arriba a contemplarlo hasta quedar dormida. Mañana la despertarán los gallos y se desayunará un brócoli bien lavado.

@juanlemus9

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