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25/09/10 - 00:00 Opinión

Efraín

En estos últimos meses se ha producido una serie de homenajes dedicados a este guatemalteco fuera de serie. Sin embargo, hay que resaltar, por encima de sus sobresalientes logros profesionales y artísticos, las cualidades humanas que elevan su figura muy por encima del promedio y lo convierten en un verdadero modelo de integridad.

CAROLINA VáSQUEZ ARAYA

Por ello, el aporte artístico de Efraín, el regalo de su inagotable energía creativa plasmada en monumentos y museos, galerías de arte y colecciones privadas, es apenas una parte de lo que realmente significa su presencia en el contexto cultural y social de Guatemala. Más allá de lo visible de su obra física impera su firme voluntad de creer, pese a los embates de la realidad y las evidencias en contra, en la bondad intrínseca del ser humano.

Los homenajes representan algo así como el pago de una deuda, el reconocimiento de la gratitud debida a un hombre excepcional, por dedicar su vida a embellecer el paisaje de su patria, a enriquecer su patrimonio cultural. Pero en este afán por enaltecer su figura se corre el riesgo de olvidar su naturaleza humana para transformarlo en un símbolo lejano, en un paradigma insuperable, en un héroe mítico. Y Efraín no es eso.

Es un hombre como cualquier otro, cuya vida llena de misterios y pasiones podría llenar una biblioteca. Como cualquier ser humano, ha cometido errores y pagado por ellos. Ha tenido momentos de debilidad y de fortaleza, fallas y aciertos. Posee una memoria prodigiosa y una vocación indestructible, pero, por encima de todo, una portentosa energía creadora que jamás lo abandona y a la cual dedica cada minuto de su existencia.

Quizás por esto mismo es preciso evitar la mitificación de su figura y, en lugar de ello, construir un modelo a seguir a partir de su integridad, su amor por la tierra, su respeto por la humanidad y su tolerancia frente a las debilidades propias y de sus semejantes.

A Efraín Recinos le preocupa el futuro de Guatemala, encarnado en las nuevas generaciones. Esto podría marcar una ruta a seguir por quienes desean convertir su obra y su influencia en una nueva forma de construir una sociedad más abierta al cambio, tolerante y respetuosa de los valores humanos.

El legado de Efraín no está en su obra material tanto como en su actitud frente a la vida y su inagotable generosidad para compartirlo todo. Esto lo han experimentado sus amigos, sus discípulos, su familia y la interminable galería de personajes que le acompañan desde el papel, los relieves, los mosaicos o los paneles pintados. Todos ellos saben que Efraín Recinos no es un héroe. Es un hombre ejemplar.

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