Opinión

¿Entonces, qué comemos?

Este no será un artículo  de política partidaria, pero tiene todo que ver con las políticas públicas tan arrodilladas frente a lo económico, y tan relacionadas con la seguridad alimentaria y la salud en general de la población. En el jueguito de la oferta y la demanda, quien más produce en menor tiempo y logra que más gente consuma lo que produce, gana más dinero.

Por CAROLINA ESCOBAR SARTI

<p>Carolina<br>Escobar<br>Sarti</p>
CarolinaEscobarSarti

Por lo tanto, los procesos artificiales de crecimiento en animales y plantas, está provocando que traguemos hamburguesas o lechugas, antibióticos, pesticidas y hormonas por igual.

Cada día es más suave la carne y más linda la pinta de frutas y verduras manipuladas genética o artificialmente, pero cada día tienen menos contenido vitamínico o nutricional. Al mismo tiempo que están apareciendo una serie de enfermedades rarísimas, mucha gente está ingiriendo racimos de medicinas o suplementos vitamínicos, y está volviendo a lo orgánico, cultivando su propia comida, y dejando de comer carne o de consumir productos lácteos producidos a gran escala.

Esto se mantiene muy en secreto, porque se derrumbarían negocios millonarios, tanto de los que producen “alimentos” como de las agencias publicitarias y las farmacéuticas. Un experto en estos temas, Robert Cohen, contaba en un artículo que la vaca K-93 produjo en un año 47.724 libras de leche en Carolina del Norte. El dueño de esa vaca, Keith Hocket, obtuvo el récord mundial de ordeño al producir 5,507 galones de leche en un año. El promedio de vaca americana produce menos de la mitad de esa cantidad, y hace cien años la vaca promedio producía apenas un cuarto de galón por día. Hocket tiene 375 vacas que se alimentan con una mezcla de forraje de maíz, hollejo de soya, gluten de maíz, semilla de algodón entera, junto con un suplemento mineral. K-93 estaba embarazada, así que su leche, además, contenía enormes cantidades de hormonas y esteroides, un regalo para los bebés que se alimentarían luego de este líquido. Según Cohen, Hocket inyecta a sus vacas con la hormona genética de crecimiento bovino de Monsanto (recombinante bovino somatotrofeno/rbst).

Es para imaginar el tamaño de la ubre de una vaca que debe producir y cargar 15 galones de leche por día. Le ha de doler mucho cargarlas y también cuando la ordeñan; le ha de doler mucho el peso de sus 1,200 libras que no puede ser sostenido por huesos sin el suficiente calcio para ello. K-93 fue criada y tratada con hormonas de crecimiento para producir 6,000% más leche que sus antepasadas, y producía 130.75 libras de leche por día. Hay 1019 gramos de grasa en cada onza de leche y 4.18 miligramos de colesterol. Una rebanada media de tocino contiene tres miligramos de colesterol. La contribución diaria de K-93 a la sociedad equivalía al mismo colesterol contenido en 2,914 rodajas de tocino. Miles de vacas, como ella, que no aguantan el peso de su cuerpo engordado a la fuerza (downer cows) se rehúsan a caminar, a menos que les den un toque eléctrico. Nada más lejos de los anuncios de vaquitas blanquinegras pastando pacíficamente y del amor de una madre dándoles un sustancioso vaso de leche a sus hijos.

Y este es uno solo de muchos ejemplos. Los vegetarianos han de consumir lechugas, frutas, verduras o granos fumigados más de tres veces con pesticidas para evitar las plagas. Los carnívoros comen carne llena de toxinas y antibióticos, o pollos que ya ni tienen formas de pollo, crecidos a pura hormona a una velocidad vertiginosa. El uso constante del azúcar refinada y de la grasa tienen efectos muy perjudiciales en el cuerpo humano.

Y en medio de todo este enredo, la obesidad, las “nuevas” enfermedades inexplicables, las alergias, los transgénicos, el cáncer, el hambre, el maltrato animal, y los restaurantes tipo A.

No sabemos que no sabemos muchas cosas. Pero algunos sí saben cómo se crece una fortuna a costa del no saber. Preservar la vida es una norma rectora de todas nuestras Constituciones y Biblias, pero eso queda en letra muerta frente a esta avalancha mercantilista con lo que nos es imprescindible: el alimento. Comenzar a informarnos más y mejor sobre lo que comemos sería comenzar a entender que los principios fundamentales de supervivencia de una sociedad civilizada exigen el respeto a cosas tan esenciales como la vida y la convivencia pacífica con todo lo vivo con lo que nos relacionamos, incluyéndonos.

cescobarsarti@gmail.com