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30/04/13 - 00:00 Opinión

PUNTO DE ENCUENTRO

Extranjeros indeseables

Desde hace algún tiempo venimos escuchando que hay extranjeros indeseables que deberían ser expulsados del país, de inmediato, porque sus acciones son nefastas y ponen en peligro nuestra soberanía, ya que meten las narices donde no los llaman. Estos extranjeros indeseables acompañan a los movimientos sindicales, campesinos, indígenas y de mujeres; se pronuncian por el respeto a los derechos humanos, la justicia y la verdad; son veedores de los procesos de consultas de buena fe o forman parte de misiones diplomáticas y organismos internacionales que trabajan estos temas.

Marielos Monzón

MARIELOS MONZóN

Otros, también indeseables, acompañan a las víctimas sobrevivientes de la guerra y de la violencia, forman parte de organizaciones sociales, o son columnistas de prensa y en sus escritos se refieren a la pobreza, la exclusión, el racismo, la concentración de la riqueza y la impunidad.

A decir de sus detractores, son una especie peligrosa que nos acecha y de la que debemos cuidarnos porque no solo nos traen confrontación y subdesarrollo, sino además son hippies y huelen mal; su injerencia es pues, inaceptable.

Pero hay otros, extranjeros también, a quienes hay que abrirles las puertas de par en par para que formen parte de todos los espacios de la vida nacional, para que opinen a su sabor y antojo sobre todos los temas y nos ilustren con sus conocimientos y su brillantez. Estos extranjeros no solamente son bienvenidos, sino que constituyen un selecto grupo —digno de ser seguido y aclamado— porque contribuye a nuestro desarrollo. A ellos —y ellas— sí que deberíamos otorgarles la residencia y la ciudadanía, porque nos hacen el favor de venir a invertir sus recursos en proyectos que nos sacarán de la pobreza. Además, sus ideas y su ideología deben ser propagadas por todos los medios y por eso deben no solamente tener columnas de opinión, sino programas de radio y también de televisión.

Estos extranjeros son propietarios o trabajan en las multinacionales, en las universidades privadas que educan a las élites, desarrollan proyectos extractivos y de monocultivos, hacen negocios fructíferos con el Gobierno como el de Puerto Quetzal, son fundadores o participan en los think tanks de la derecha y aportan sus buenos oficios a fundaciones antiterroristas o del sector privado; además, son bien vestidos y huelen bien. Por lo tanto, su injerencia es aceptable.

A propósito del juicio por genocidio que se desarrolla en el país, han estado muy activos participando en manifestaciones a favor de los militares, yendo al juicio para apoyar a los acusados, escribiendo sendas columnas, haciendo entrevistas por la televisión a los abogados defensores y vociferando para pedir a otros extranjeros —como ellos— que se larguen del país, porque eso de estar del lado de los derechos a la verdad y a la justicia no les compete. Con un acento que ni por asomo se parece al chapín, exigen que se termine con la intromisión extranjera. La de ahora, digamos, porque la de 1954 y la de ellos les parece indispensable y hasta maravillosa.

El problema radica en el doble rasero que se aplica para medir este y otros asuntos, que no es otra cosa que la doble moral chapina a la que se suman estos personajes de importación.


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