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17/03/13 - 00:02 Opinión

LA BUENA NOTICIA

Francisco es Pedro 266

Se ora para que el Santo Padre sea auxiliado por el Espíritu Santo.

VíCTOR HUGO PALMA PAUL

“Tengo una misión: soy un vínculo en una cadena, un puente entre las personas”, escribía en sus poemas el cardenal John H. Newman (1801-1890) luego de su conversión al catolicismo. Su intuición bien puede llenar el ideal pastoral del nuevo pontífice de la Iglesia católica, su santidad Francisco, llamado a ejercer aquel “don de la autoridad y de la unidad” reconocido recientemente en el campo ecuménico (Declaración de Seattle, Marzo 2005) como presente a través de los siglos en la misión de los papas. Solo desde esta perspectiva se entiende la elección del sucesor de Pedro el pescador como “número 266” de la dos veces milenaria “barca elegida por Cristo” donde a Pedro se confía no una misión política o estrategia institucional, sino un misterio: acompañar y servir a pesar de sus debilidades y limitaciones humanas, al buen pastor de los mil 200 millones de católicos, en apertura constante e irrenunciable a todos aquellos que también reconocen al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como el Dios vivo y verdadero. Más aún, en medio de los actuales signos de los tiempos —subjetivismo y comercio religioso, materialismo galopante, sincretismo ecológico–sagrado— su misión es la de servir de “punto de referencia hacia Cristo-Verdad” a los muchos navegantes del mar de inquietudes por lo absoluto, aún desde un confesado ateísmo. El innegable dato de la permanencia de los sucesores de Pedro hasta el actual 266 no estimula el triunfalismo de una entidad terrena atacada, sin embargo, como pocas a lo largo de la historia: las persecuciones del Imperio romano, la pretendida apropiación del medioevo, la negación del iluminismo, los atentados del fascismo, del comunismo y capitalismo salvajes, la distorsión intencional de lo humano y divino en las ideologías vertidas constantemente en los MCS. Esa pervivencia evoca el misterio de una presencia: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final del mundo” (Mateo 28,20). Por sobre todo, como ya se percibe en la sencillez y espiritualidad del papa Francisco, incumbe al nuevo pontífice el servicio al evangelio del perdón, que este domingo describe a Cristo “sentado, escribiendo en la tierra”, mientras los jueces humanos piden la condena de la mujer adúltera: escritura que, si bien alude a la perentoriedad de los “nombres de los pecadores”, según Jeremías 17,13 (“Sus nombres quedarán escritos en la tierra, por haberse apartado de Yahvéh” cfr.), señala más bien aquella “misericordia divina” que no graba en piedra o material indeleble las culpas humanas, sino ofrece en el último domingo de Cuaresma un juicio diverso: “Yo tampoco te condeno, vete y no peques más” (Juan 8,11). Nuevo eslabón de la sucesión milenaria de Pedro el pescador, al nuevo pontífice le acompañan en cada santa misa la oración de la Iglesia, la fidelidad de las comunidades diocesanas y parroquiales, los innumerables carismas del Espíritu en el siglo XXI. Y siendo la Iglesia una “construcción constante en la gracia”, al decir de San Pablo en 1 Corintios 3,1 ss, se ora para que el Santo Padre sea auxiliado por el Espíritu Santo y por el humilde patrono cuyo nombre fue escogido por él, en recuerdo sin duda de la voz escuchada por el pobre de Asís en la capillita de San Damián: “Francisco, reconstruye mi Iglesia”. ¡Gracias sean dadas a Dios por el nuevo sucesor de Pedro, para bien de la Iglesia y del mundo!

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