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18/06/12 - 00:23 Opinión

EL QUINTO PATIO

Fuerzas paramilitares

Los grupos paramilitares se han desarrollado en América Latina a la sombra de las debilidades institucionales. Nuestros países fueron durante décadas laboratorios de ensayo para tácticas de guerra desarrolladas por Estados Unidos, las fuerzas armadas del continente entrenadas muy puntualmente para defender intereses particulares —tanto de grupos de poder como de naciones extranjeras con objetivos específicos de expansión y dominio— y de ellas fueron surgiendo cuadros altamente capacitados en el uso de armas de todo tipo, así como en métodos de inteligencia.

CAROLINA VáSQUEZ ARAYA

De ahí que no sea ninguna novedad encontrar de pronto amplias zonas dominadas por grupos armados paralelos. Es decir, huestes privadas al servicio de narcotraficantes, terratenientes, compañías extranjeras de explotación minera o cualquier otra gran concentración de capital que requiera de un cerco blindado para garantizar su dominio territorial.

Aun cuando estos grupos actúan al margen de la ley se han ido empoderando en la medida que las fuerzas del orden oficiales, por un lado, y la Cicig por el otro, parecen haber aceptado su existencia con una mezcla de resignación, impotencia y ausencia de compromiso.

Lo más preocupante de la situación es la indefensión en que vive la mayoría de la población, especialmente en el interior de la República, en donde estos ejércitos paralelos circulan con total libertad amenazando a activistas de derechos humanos, a las comunidades que se resisten a aceptar la invasión y depredación en sus tierras y a todo aquel que se atreva a cuestionar el ejercicio ilegal de su autoridad.

Esta es una realidad palpable y para comprobarla basta con viajar por las carreteras secundarias del interior del país. Caravanas de vehículos blindados, hombres portando armamento más sofisticado que el de los marines en Afganistán, actitudes prepotentes y gestos de intimidación han reemplazado a los paisajes rurales que tanto atraían al turista nacional. Hoy, la gente circula con el miedo impreso en sus rostros.

Uno de estos grupos fue el responsable del ataque sufrido el miércoles pasado por Yolanda Oquelí, lideresa de la resistencia contra la minería de oro en San José El Golfo y San Pedro Ayampuc. Tema controversial y duro este de la minería, se requiere de mucha convicción y sólidos argumentos para arriesgarse a combatirlo, precisamente por el gran poder de las compañías explotadoras y sus fuertes vínculos en altas esferas.

Yolanda Oquelí es una de esas ciudadanas convencidas de la necesidad de oponerse públicamente al expolio de las riquezas nacionales y a la destrucción del entorno y por ello fue atacada a balazos por un grupo de “desconocidos” después de haber recibido toda clase de amenazas.

Quienes la atacaron no fueron instituciones del Estado, obviamente. Ni la PNC ni el Ejército de Guatemala. Fue un grupo armado ilegal, como muchos que existen y operan al amparo de las debilidades de ese mismo Estado. Grupos que defienden intereses tan específicos que sus acciones no pueden ser atribuidas a “desconocidos” ni a delincuentes comunes. Las fuerzas del orden probablemente ya saben quiénes son, ahora solo hay que esperar a que los capturen.

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