Opinión

Generoso Ayau

No podía ser de otra manera que en un país agobiado por la confrontación y el odio aparezca alguna vez un símbolo de integridad que alivia el espíritu y cobija la esperanza de una Guatemala que se reencuentra en los valores más puros de la solidaridad.

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AQUILES PINTO FLORES

No es que sean pocos los paladines de la nacionalidad, sino que, por infortunio, los malos destacan y ocupan más la atención pública, porque sus hechos —horrorosos paradigmas de la maldad— son, como el terrorismo, el mensaje que se nos quiere imponer para desmoralizar a la sociedad. Los humildes servidores en los medios deberíamos de tener presente a los héroes sociales, sin necesidad de esperar que llegue el momento de su muerte y recordar su majestuoso aporte de cultura e inteligencia.

Confieso la negligencia de no haber escrito antes sobre las virtudes de un personaje ejemplar como Manuel Ayau Cordón, cuando en vida él me hubiera leído, y es seguro que, aunque no necesitaba de estímulos externos para vigorizar su reciedumbre, quizá alguna sonrisa le hubiera podido causar al sumar uno más a su larga lista de admiradores. Digo de admiradores porque esa es la emoción que despierta una actuación recta, consecuente y definida. Fue un batallador de primera línea para defender su causa. Sobre todo ejerció un gran magisterio y proclamó con valentía sus firmes convicciones.

En los días subsiguientes a su desaparición corpórea se han publicado muchísimos comentarios y testimonios que resaltan su indudable valía y su aliciente como ejemplo de dignidad. Me sumo a estos homenajes y aplaudo la justicia de su exposición.

Manuel Ayau creyó, con su pragmático idealismo (parece esto una contradicción), que las ideas deben materializarse a través del poder. De esa manera ubicó un grupo de intelectuales jóvenes (que luego formaron el Partido Nacional Renovador) su identidad con sus ideas económicas y que estos matizaron en el marco: “liberalismo democrático”. Habló con ellos y de ahí surgió la tesis de la descentralización fiscal, proyectada para despertar las bases del desarrollo local, basado en las contribuciones tributarias que se recaudaban en los municipios y caminaban, como en los viejos imperios coloniales, hacia el centro del poder, el que se encargaba de redistribuir a su antojo y dilapidar a su capricho. Ayau aportó los elementos técnicos, los estudios económicos, los cálculos estadísticos, habiendo quedado la redacción de un folleto a cargo de un trío de profesionales renovadores: Edmond Mulet, Rodolfo Dougherty y Jorge Torres Ocampo. El plan lo presentaron en Nueva Concepción, y contó con el respaldo de más de cien alcaldes municipales. Este fue el embrión genuino y correcto de lo que la Constituyente plasmó (deformando su principio originario) en la transferencia de un porcentaje importante del Presupuesto. No obstante que la idea no fue tomada en su auténtica justicia social y su racionalidad económica, no puede negarse que lo que ahora reciben los pueblos olvidados les llevó al menos un recurso que antes de 1986 les había sido regateado.

De manera que los 333 municipios de Guatemala deben saber que el aporte fiscal que reciben se lo deben a la idea creativa del generoso Manuel Ayau Cordón y de los políticos jóvenes, llamados renovadores, que con entusiasmo captaron su idea, sus aportes técnicos y también su contribución económica para divulgar el Plan de Descentralización Fiscal, fórmula de realización de la autonomía municipal.


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