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Opinión

PERSISTENCIA

Gracias, Efraín, por haber existido

Pronunciar el nombre de Efraín Recinos equivale a pronunciar el nombre de Guatemala vista desde el más alto horizonte. Él representa lo mejor de nuestra patria. A través de su inmensa obra como arquitecto, pintor, escultor, muralista, escenógrafo, ajedrecista, conocedor de cine y letras, corredor olímpico, seleccionado nacional, profesor de matemáticas, de construcción y de arquitectura —como lo revela el editorial de Prensa Libre el 3/10/011—, no puede haber guatemalteco que no se sienta orgulloso de compartir su ciudadanía. 

Margarita Carrera

MARGARITA CARRERA

Un hombre genial en todo cuanto creaba. Un ser humano así nunca muere.

Está presente en lo mejor que tiene la ciudad de Guatemala. Empezando por el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, en el que destaca el gran Teatro Nacional. Imposible en este espacio de mi columna enumerar la inmensa obra artística que yace repartida por toda nuestra ciudad. Un verdadero genio que deslumbra. Un genio, además, sencillo y humilde, como todos los verdaderos creadores.

Asimismo, desde el punto de vista ético, nos dejó un gran ejemplo: la humildad en medio de la grandeza; algo que podemos aprender nosotros, que no somos genios como él. Además, su indiferencia ante las riquezas materiales, sobre todo, el dinero. Yo tuve la honra de ser su amiga. Me gustaba oírlo. Su voz era suave. Jamás hablaba de sí mismo. Llegaba a las fiestas y recepciones elegantemente vestido, con su chaleco típico que lucía las mejores prendas artísticas guatemaltecas.

Jamás lo vi con saco común y corriente, como el que acostumbran los varones cuando se ponen elegantes. No. Él destacaba no solo por su indumentaria, sino por su físico. Su enorme cabellera gris, sus grandes anteojos y su dulce mirada. Ana María Rodas, que lo conoció de joven, nos dice que “era como el doble de una estatua griega”. “Tenía un cuerpo musculoso y una cabellera rubia y colocha y cuando lo vi, justo estaba lanzando una jabalina”.

Creador del Teatro Nacional, fue hasta el último momento de su vida su fiel guardián. “Él lo creó y él lo mantuvo vivo. Cuando diseñó el edificio pensó dos cosas: que fuera totalmente guatemalteco y que, en lugar de interrumpir el paisaje, se fundiera en él”. Algo que logró a plenitud.

Hay que insistir en que Efraín amaba intensamente su patria. Se le invitaba para ir a trabajar al extranjero, pero él prefería quedarse en su tierra. Su carácter era dulce, no se mostraba lejano con nadie que lo buscara. Todo lo contrario. Ayudaba a cuantos acudían a él. Jamás pensaba en ganar dinero con su magnífica obra. Sería perder su valioso tiempo dedicado a la creación.

Captó la belleza del paisaje guatemalteco a plenitud, con sus volcanes y su cielo intensamente azul en la época en que no llueve. Maestro de maestros, fue velado en ese insólito Teatro Nacional, del cual nos sentimos plenos de orgullo.

Efraín dedicó su vida al arte en todas sus facetas. Y en todas destacó su genio, sin que por ello se envaneciera jamás. Enumeremos las obras más conocidas: los Murales del Conservatorio, el Parque de la Industria, la Biblioteca Nacional, el Aeropuerto Internacional La Aurora, el Crédito Hipotecario Nacional.

¡Cuánto no dio a Guatemala! ¡Cuánto no nos regaló a todos los guatemaltecos! En diminutivo llamamos a todos los seres que amamos. En diminutivo realizó su obra llamada La Guatemalita, expresando, así, cómo quería la tierra que lo vio nacer y en donde realizó una obra no pequeñita sino de gigante.

¡Qué dicha tenemos los guatemaltecos de haber contado con un ser humano tan genial, talentoso, pero a la vez humilde! Gracias, Efraín, por haber existido.


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