Hace treinta y dos años

Kajkoj Máximo Ba Tiul

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en esas fechas, encontraron un muerto a la orilla de la carretera, la mitad puro hueso, porque las aves de rapiña y los perros ya se lo habían comido”.

En el pueblo, apenas nos reponíamos del miedo y comenzaba otro. No sabíamos qué iba a pasar. Toda una incertidumbre. “Por allí vienen —decía un niño—, vámonos corriendo”. Ya no se podía salir a dar serenatas, ni a visitar a la novia y ni tampoco jugar a las escondidas entre los árboles de buganvilia que estaban en el parque, porque todo lo miraban como malo. Los comisionados militares, la G2, los llamados orejas y las PAC acechaban.

Atrás quedaban las posadas con música de marimba, tamales, atoles, ponche y el olor a incienso y pom. Las guitarras dejaron de sonar. Los jóvenes que compartían sus sueños y sus ideales de cambio dejaron de compartirlas, porque sabían que corrían el riesgo de ser desaparecidos, perseguidos, asesinados o estigmatizados de ser guerrilleros, resentidos, revoltosos.

Para estos años, ser indígena y defender sus derechos era igual a ser guerrillero. No se podía hablar viéndole a los ojos a quien pensó que tenía el poder. No se podía llevar alegría a las comunidades, con canciones, golosinas, juguetes y piñatas, todo esto era firmar su sentencia de ser acusado por algo en la zona militar o en la casa del comisionado militar.

Todo eso se convirtió en delito. Solo por eso fueron desaparecidos muchos amigos y amigas, de quienes aún guardamos recuerdos e ilusiones. Ellos y ellas no tenían otra cosa en la mente y en el corazón que ver a un pueblo próspero y humano. La única arma que tenía era la guitarra, programas de salud, educación y recreación.

Ese fue el delito de: Teresa Jul, Lázaro Morán, Eduardo Coy, Otto Ical, Otto Macz, y otros más que fueron desaparecidos el 28 de diciembre de 1981. Hasta hace poco supimos a dónde se los llevaron, pero aún no sabemos de muchos más que siguen desaparecidos, de quienes todavía guardamos la esperanza de saber en dónde están.

Como dice la canción: “Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos, que nos digan a dónde han escondido las flores que aromaron las calles persiguiendo un destino” y guardamos la esperanza “por un día distinto sin apremios ni ayunos sin temor y sin llanto y porque vuelvan al nido nuestros seres queridos”. Esperamos justicia por la sangre de tantos inocentes.

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