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09/03/13 - 00:00 Opinión

Honrando la vejez

Todas las mañanas escuchaba su voz debilitada por los años y su paso lento empujando su carretilla con la percha de periódicos para vender. Las calles de la colonia Utatlán II fueron testigos de las fatigas de don Juanito, un anciano con ochenta y tantos años, despertando día a día para ganarse el sustento diario.

ROLANDO DE PAZ BARRIENTOS


Su paso lento hacía que me hiciera esta pregunta: ¿Por qué don Juanito, a su edad, tenía que salir a trabajar? A mi parecer era la época de su vida en la cual debía estar descansando, disfrutando del esfuerzo y fatiga de sus años productivos. Debía estar disfrutando del cariño de sus nietos y del cuidado amoroso de sus hijos. Creo que esta es la ley de la vida, cada generación debe relevar a la anterior en todo sentido. Don Juanito me motivó la reflexión y me despertó a la triste realidad de muchos ancianos. Y no lo digo porque este haya sido su caso, en realidad nunca supe los motivos que le impulsaban a levantarse y trabajar, quizás se negaba a dejar de ser productivo, hasta que su voz se apagó para siempre. Desconozco también la realidad de su familia y no los voy a juzgar. Pero tengo la convicción de que debemos ser mejores hijos y mejores nietos con nuestros padres y abuelos. Debemos aprender a honrarlos en vida.

La edad adulta representa una etapa con desventajas y ventajas: su capacidad física se ve seriamente disminuida, ya no poseen la fuerza y el vigor de hace algunos años, su vista comienza a fallar, sus habilidades para hacer aún algunas cosas sencillas pueden causarles problemas. Pero a la vez poseen la sabiduría que solo pueden dar los años, tienen la capacidad de entender las situaciones y peligros de la juventud para advertirnos sobre ellas. Poseen un cúmulo de experiencia que no hemos sabido aprovechar.

Una de las realidades que vivimos en la actualidad es la de abuelos que se hacen cargo de sus nietos, en algunos casos debido a las condiciones económicas de los hijos, en otros casos debido a la irresponsabilidad de los hijos. En ellos se cumple a cabalidad lo que siempre me recuerda mi esposa: que la labor de padre y madre nunca termina en esta vida. Estos ancianos asumen la labor de padres para sus nietos y lo hacen con mucho amor, a pesar de ya no tener las capacidades físicas adecuadas.

También existen casos donde los ancianos se convierten en un estorbo para la familia. Algunos están en casa pero marginados de su familia, no son tomados en cuenta; otros prefieren dejarlos en asilos. Y no digo que los asilos sean malos, sino creo que la mayor necesidad de un anciano es afectiva. Lo que necesitan es el cariño y comprensión de la familia. El amor les devuelve la vitalidad y sentido a sus días.

Debemos aprender a honrar a nuestros padres y abuelos en su ancianidad, amarlos, cuidarlos y considerar aprovechar seriamente su sabiduría. Estoy seguro de que si tomásemos en cuenta sus consejos nos ayudarían a prevenir muchos males que hoy vemos en la sociedad. Hagamos que vivan sus últimos años de manera digna. Protejamos a nuestros abuelos, cuidemos de ellos, amémoslos, porque estoy seguro de que con ese mismo amor con el que los tratemos seremos también tratados nosotros cuando estemos disfrutando de nuestros últimos años de vida.

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