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29/08/10 - 00:00 Opinión

Humildad y solidaridad

Hay dos tendencias muy arraigadas en los humanos y que prevalecen en la conducta, a menos que sean reorientadas por la educación. Se trata de la arrogancia y del egoísmo. Son dos tendencias exaltadas por el paganismo clásico y que se vuelven otra vez aceptables a medida que nuestra cultura se descristianiza.

MARIO ALBERTO MOLINA

La arrogancia es la actitud por la cual una persona se cree con mayores derechos que los demás o incluso con el derecho de manipular a otros para su beneficio, de servirse de los demás para su ventaja. Los héroes de la épica griega clásica se caracterizaban precisamente por la arrogancia con que imponían su voluntad y llevaban adelante sus proyectos, sacrificando vidas humanas de siervos y seguidores. La arrogancia surge cuando en el imaginario personal se da prioridad a algunos elementos de distinción: sea la disponibilidad de medios, el rango social o laboral, los títulos adquiridos, sean reales o ficticios, y hasta la raza y el vestido, si no hay otra cosa de mayor entidad que hacer valer. Y así se construye la estructura de las relaciones sociales, que hacen creer a una persona que sus derechos son mayores que los de su prójimo.

Por el contrario, la palabra y el ejemplo de Jesús invitan a la humildad, cuando da instrucciones a sus seguidores de que no busquen los honores en la comunidad. La humildad consiste en poner delante de los propios ojos la naturaleza humana que compartimos en condición de igualdad con cualquier otro ser humano, de cualquier condición social, económica o política. Esa naturaleza humana compartida es el fundamento del que surge la conciencia de que el prójimo goza de igual dignidad, tiene iguales derechos y deberes, y, por lo tanto, merece igual respeto que uno mismo. Ese es también el fundamento para la búsqueda del bien común, de un futuro compartido, de una sociedad con oportunidades para todos.

La otra tendencia natural es el egoísmo. Es un instinto primitivo de supervivencia individual. Es la tendencia que conduce a poner primero el propio beneficio, incluso en detrimento del de los demás. Cuando Jesús enseña que se debe amar al prójimo como a uno mismo, reconoce que la referencia al beneficio personal es inevitable, pero a la vez subvierte el carácter exclusivo de esa referencia, al ponerla como criterio del trato que se debe dar a los demás. Trata a los demás como quieres que te traten a ti. Ese es el camino de la humanización y de la posibilidad de vivir en sociedad.

En cierta ocasión, Jesús enseñó a sus seguidores que cuando organizaran una fiesta invitaran a cojos, lisiados y pobres, en vez de invitar a parientes, amigos y vecinos ricos, pues estos podrían repagar con otra invitación semejante, y aquellos no. Es una recomendación expresada en hipérbole, para significar la importancia de la generosidad. Es una exhortación a superar el egoísmo con la solidaridad. El camino de humanización, según la concepción cristiana, pasa por desarrollar una actitud según la cual cada persona está dispuesta a poner al servicio de los demás en gratuidad los bienes que posee, sean estos materiales o espirituales, profesionales o carismáticos. El esfuerzo requiere empeño constante y perseverante.

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