
El presidente electo, Otto Pérez Molina, se vio obligado ayer a aclarar lo dicho por su canciller designado, Harold Caballeros, respecto de la presencia del gobernante iraní, Mahmud Ahmadineyad, en la toma de posesión, el 14 de enero. Fue una reacción inmediata obligada, por el inadmisible error del funcionario designado, quien además se permitió decir que este periódico había tergiversado sus declaraciones, olvidándose de que están grabadas, por lo cual debemos rechazar tal aseveración, que se constituyó en una clara prueba de inexperiencia.
La política es el arte de lo posible, pero en Guatemala parece ser el arte de andar en campos minados. Las declaraciones de Caballeros afirmaron la visita de un personaje que ha amenazado con bloquear el estrecho de Ormuz, donde pasa el 40% del petróleo y por ello fue calificado hace años como “la yugular de Occidente” por el Sha de Irán. El presidente iraní realiza lanzamientos de misiles mar-tierra y tierra tierra, en abierto reto a dos países amigos de Guatemala, Estados Unidos e Israel, al que desea “borrar del mapa”.
La actual cancillería invitó a todos los 143 países con los que Guatemala tiene relaciones, entre los cuales se cuentan Irán y Georgia. Por ello la responsabilidad es exclusiva del gobierno saliente. Caballeros no quiso o no supo explicar que la invitación no era del gobierno entrante, ni tuvo la capacidad de manifestar alguna reacción de desagrado ni una salida diplomática a una invitación hecha con el evidente fin de causar problemas al gobierno del que él dirigirá las relaciones internacionales.
Al haber aceptado Irán y Georgia, Guatemala se coloca en una posición de tensión innecesaria para el nuevo gobierno, lo que solo puede molestar a Estados Unidos, país fundamental para las relaciones internacionales, y lo mismo hace con Rusia, en el caso del segundo país indicado. No se puede olvidar que cuando se desarrolló aquí la cumbre de seguridad con la secretaria Clinton, esas problemáticas naciones mencionadas no recibieron invitación, como tampoco Corea del Norte.
En su primera prueba, por cierto simple, Caballeros demostró muy poca habilidad para administrar la información de Estado, justificando su fundamental equivocación en que lo dijo como consecuencia de la presión de los medios informativos. Poco favor le hizo también la aclaración del presidente electo, Otto Pérez, al asegurar que el canciller designado “pudo confundir cierta información”. La confusión es un lujo que un canciller no puede darse. Deja abierta la puerta a que el público se pregunte si el mandatario no deberá otra vez salir a enmendar planas.
Dicho esto, es evidente también la mala intención de la actual cancillería, que con tal de poner en evidencia al equipo entrante, no dudó en causar problemas a Guatemala. Colocó dos minas que le estallaron al canciller y que pusieron al presidente electo en la difícil situación de meditar sobre si le conviene a su gobierno y al país que las relaciones exteriores estén al mando de quien tiene tanto que aprender en el campo que fue puesto a su cuidado.
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