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08/01/13 - 00:00 Opinión

PANÓPTICA

¿Intelectuales y poder?

Una de las críticas recurrentes de la sociedad guatemalteca y que aún representa un debate solapado e inacabado entre los actores sociales beligerantes del país, estriba en preguntarse categóricamente ¿por qué los intelectuales no participan directamente en el ejercicio del poder político?, es decir, ¿cómo los intelectuales ejercen autoridad ante su aparente pasividad o casi nulo activismo social?, y ¿son conscientes y elocuentes los intelectuales del poder que tienen?

FRANCO MARTíNEZ MONT

La simbiosis entre poder e intelectualidad ha estado presente en la historia de la humanidad inmemorialmente, desde los Siete Sabios de Grecia hasta los intelectuales contemporáneos como James Petras, Saramago, Noam Chomsky y Morin, entre otros. Su consejería estratégica fue clave en hitos como la Reforma luterana, la Ilustración, la revolución tecnológica, etcétera.

El estudio sobre la relación entre los intelectuales y el poder ha sido analizado sobremanera; sin embargo, un referente notable para su dilucidación lo constituye la Microfísica del poder, escrito por Michel Foucault, en el cual se exponen las interpretaciones de este teórico postestructuralista, y Gilles Deleuze, para quienes el intelectual teórico ha dejado de ser un sujeto, una conciencia representante o representativa, pues la conexión entre la institucionalidad —partido político, sindicato, Gobierno— y el sujeto se ha resquebrajado drásticamente creando una serie de grupúsculos sedientos de poder, intereses y deseos sectoriales en detrimento de las colectividades.

Para Foucault y Deleuze, el papel del intelectual no es el de situarse “un poco en avance o un poco al margen” para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde este es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del “saber”, de la “verdad”, de la “conciencia”, del “discurso” (Foucault, 1979:79).

En Guatemala, es importante reconocer que los intelectuales quizá no tengan una intervención directa en la vida política partidaria —masones, escritores, investigadores sociales e intelectualidad indígena—, empero, su nivel de formación filosófica, académica, artística-cultural, científica y literaria, sus dotes de entendimiento hermenéutico de los fenómenos de la realidad nacional —a través de los cuales han acumulado conocimiento, saber y pensamiento— les confieren un estatus de prestigio social con influencia irrefutable en la opinión pública, específicamente en asuntos relacionados con la conducción estratégica del Estado.

Por ello, no existe una dicotomía tajante entre el intelectualismo y el poder, ya que el intelectual perteneciente a cualquiera de las concepciones ideológicas, es per se un estudioso, crítico y constructor de realidades sociales, aquel personaje sigiloso que transforma las redes de conocimiento e información en poder efectivo para incidir en la toma de decisiones en el campo de la religión, arte, política, ciencia y cultura. Algunos de ellos, desde la lógica gramsciana, han logrado consolidar el statu quo y establishment en beneficio del poder hegemónico de las clases gobernantes —oligarquía nacional—.

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