Opinión

La libertad de Brittany

Brittany Maynard fue una joven y bella mujer que prefirió morir antes que dejarse matar por un cáncer terminal. Su historia no debe pasar desapercibida y aprovecharse para reflexionar sobre un tema del que frecuentemente se evita la discusión. Con su decisión, Brittany cuestiona, silenciosamente, si la vida pertenece a cada uno o a un ser superior. Si pertenece a cada quien, cada cual es libre de hacer con ella lo que le plazca, y asumir la responsabilidad derivada de la que no se puede disociar. De corresponder a un creador, la interpretación es opuesta, pero cabría preguntarse: ¿qué es el libre albedrío y cuáles son sus límites más allá de los físicos o éticos? Brittany también evidencia el rol de Estado. Casi todas las constituciones contemplan el “derecho a la vida” y la “protección de la misma”.

Por PEDRO TRUJILLO

Pedro Trujillo
Pedro Trujillo

Sin embargo, muchos gobiernos no reconocen al nonato —por no ser “persona”—, permiten el aborto o aplican la pena de muerte, lo que representa una contradicción con aquel principio protector y, siempre, una interpretación cuestionable.

La discusión es sobre la libertad del ser humano. La capacidad de elegir entre múltiples cursos de acción —incluida la no acción— y hacerlo sin coacción. Si nacemos libres y con capacidad de tomar decisiones, cualesquiera que sean, coartar las mismas —siempre que no lesionen derechos de otros— pareciera no tener sentido. Considero un gran error haber incluido la vida como un derecho humano, pasando esa esencia a formar parte de un amplio grupo de derechos —ampliados con el tiempo— que confunden la discusión y emborronan el discurso, permitiendo incluso que se establezca una prelación entre ciertos derechos individuales. La vida no es un derecho, es la condición necesaria para que aquellos existan y, consecuentemente, está por encima de ellos ¡Sin vida, no hay derechos!

El Estado se ha erogado la potestad de decidir, en muchas ocasiones, qué hacer con la vida de sus ciudadanos, a pesar de impedir que aquellos hagan lo que quieran con ella. Mantienen con vida a enfermos terminales; ejecutan a condenados a la pena de muerte; graban con cámaras, so pretexto de proteger la vida; impiden beber a partir de una hora, “por seguridad”; prohíben consumir drogas —antes alcohol—, por “su salud”, y así podría analizarse una serie de situaciones en que la libertad queda mermada porque alguien dice saber, mucho mejor que usted, qué hacer con su vida.

Si el ser humano, libre, voluntariamente y en pleno uso de sus facultades, toma una decisión respecto de su vida, hay que aceptarlo. ¡Es su propiedad privada más valiosa! De lo contrario se cae en una contradicción difícil de sustentar, salvo eludiendo el debate racional o recurriendo a la fe. Hay que respetar a quienes consideran que la vida es un don divino, pero también, y con igual intensidad, a quienes lo niegan. Justamente ahí está la libertad del individuo de elegir y decidir si tiene o no condicionada o limitada su voluntad.

Brittany actuó libre y conscientemente y no quiso dejarse matar por una horrible enfermedad y hacer padecer a sus familiares. Eso no es fácil, porque confronta la esperanza de vida que alienta la supervivencia. Si se promoviera una sociedad de personas libres y responsables —en vez de proteccionista—, temas como el aborto, la pena de muerte, la eutanasia, el suicido, la prohibición del consumo de drogas y otros similares serían mucho más fáciles de abordar y comprender.

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