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06/12/12 - 04:28 Opinión

Mal calificados en transparencia

Una vez más, nuestro país vuelve a aparecer entre los peor calificados a escala mundial cuando se tratan percepciones sobre corrupción, pues en nuestro caso son muchos los indicadores que nos recuerdan que la gestión pública históricamente ha sido muy poco transparente y la cuentadancia no está entre las prioridades de los gobernantes, aunque a veces concentren recursos y esfuerzos en hacernos creer que son los más impolutos.

EDITORIAL

La mayor secuela de ese flagelo es que tras el manejo oscuro de recursos públicos aflora un drama mayor: la corrupción se ha convertido en el peor enemigo del desarrollo de muchas naciones, principalmente latinoamericanas, como destaca el más reciente Índice de Percepción de la Corrupción, que difundió Transparencia Internacional, que ubica a Venezuela, Haití, Paraguay, Honduras y Nicaragua entre los países más corruptos de la región, una descripción nada grata para sus gobiernos, pero que tiene efectos nefastos para su población.

Desafortunadamente, en ese triste ranquin acompañamos muy de cerca a esas naciones citadas entre las más corruptas. En nuestro caso, aparecemos en el puesto 113, de 176 países calificados, una escala que por supuesto no resulta grata, pues estamos apenas superados por Honduras, algo que nos plantea una oscura realidad, porque difícilmente una democracia puede fortalecerse cuando los modelos corruptos imponen sus reglas y las consecuencias recaen sobre los más necesitados.

Triste panorama para Latinoamérica presenta el informe sobre corrupción, pues se considera que dos de cada tres países de la región son corruptos, y aunque no es una novedad, no deja de ser un estigma para tantos políticos que llevan la mayor parte de responsabilidad en apañar gestiones opacas, en el mejor de los casos, porque en otros es escandaloso el envilecimiento que exhiben incluso funcionarios de menor jerarquía, como puede constatarse en Guatemala, donde abundan las compras sospechosas e injustificadas.

Probablemente los guatemaltecos no se merezcan el destino que les ha deparado tanto político inmoral, pero por más que se trate de refutar esos indicadores de percepción de la corrupción en nuestro país, hay suficiente evidencia de que en cierto modo justifica que ni por asomo calificamos para estar en la medianía de la tabla, ya que como sentencia uno de los responsables del informe, la cultura de la corrupción parece estar demasiado arraigada en la política, en el Gobierno, en las empresas y en la mentalidad de los ciudadanos que ya lo aceptan como algo normal.

Tampoco resulta sorprendente constatar que para miles de encuestados la corrupción se encarna en los aparatos de policía, sistemas de justicia, partidos políticos y parlamentos, que es donde más se puede palpar el cáncer que corroe Latinoamérica y se ejemplifica con el doloroso caso de los sobornos que, dependiendo del país, pueden encarecer cualquier servicio público entre 15 y 30 por ciento, sin mencionar los millones que puede representarle a determinados sectores la aprobación de leyes específicas a la medida de sus necesidades.

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