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Opinión

Medio ambiente y guatemaltecos

La celebración del Día de la Tierra, efectuada ayer en todo el mundo, permite reflexionar sobre las acciones humanas en el presente y sobre todo en el futuro del planeta, lo que implica obviamente pensar en qué sucederá con la raza humana. Pero cuando se habla de este tema en referencia a la totalidad de la población mundial, se pierde en la bruma de la abstracción. Por ello el avance de la conciencia ecológica ha sido hasta cierto punto muy lento.

EDITORIAL

La parte puramente ambientalista de la conservación del planeta ya no está sola en el contexto en que se deben estudiar los efectos del maltrato a la naturaleza. Es necesario ya señalar las consecuencias políticas, la posibilidad de emigraciones masivas, de hambrunas, etcétera, con consecuencias directas en la gobernabilidad de determinados países, de zonas geográficas y eventualmente del mundo entero. El agua, por ejemplo, cada vez es vista como una posible causa de enfrentamientos dentro de países y entre países.

El principal paso que debe darse es afianzar la conciencia de la importancia de las actividades individuales como fase inicial para ayudar a la Tierra, el hogar de todos. En esta perspectiva, acciones como las de pedirle perdón a la Madre Tierra, realizada ayer en Guatemala, sólo son efectivas a menos que vayan acompañadas de planes para despertar la conciencia de la labor que todos debemos hacer. Según la encuesta publicada el fin de semana anterior, los guatemaltecos ven la tala de árboles como el principal problema ambiental, y los vehículos, como a los mayores contaminadores, lo cual es correcto, pero incompleto.

La proliferación de desechos humanos y de basura no es vista con la importancia que tiene. Y en esto no hay diferencias étnicas ni de estrato social o lugar de residencia, como lo demuestran los basureros clandestinos situados a orillas de las carreteras o formados en las riberas de los cada vez menos caudales del país. Por eso, en vez de hablar de los grandes daños que existen en los polos del planeta, por ejemplo, el tema debe referirse a las consecuencias de las acciones individuales cotidianas de los guatemaltecos.

Esta falta de conciencia es un perverso subproducto de la falta de educación y de la precariedad económica de la mayoría de los habitantes, que a su vez se convierte en obstáculo para la sensibilidad acerca de la urgencia de cuidar el ambiente. Pero no se puede dejar de mencionar que muchas veces la conciencia ecológica es bienintencionada, pero de efectos muy negativos para el progreso del país. Los proyectos que utilizan recursos naturales no necesariamente son malos, y por eso la oposición sistemática puede tener efectos tan negativos como el irrespeto ecológico.

El último factor del que debe despertarse la conciencia es el tiempo, tanto en lo poco que queda para actuar en serio como del necesario para recuperar lo perdido. El esfuerzo concentrado de concientización poblacional debe ser iniciado o afianzado cuanto antes. No verlo de esa manera es, ni más ni menos, una contribución a la inviabilidad del país.


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