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13/01/13 - 00:16 Opinión

EDITORIAL

Metas sencillas para el cambio

Por más que el Gobierno se empeñe en publicitar su primer año como uno de los mejores y que todo lo malo que sucede en el país es culpa de la anterior administración o de la oposición, la percepción general es que parece avanzar en la misma dirección, algo que tampoco es patrimonio de la actual gestión, pues las anteriores también trataron de presentar su mejor cara, pero la suma de cuatro años modificó en muy poco los grandes indicadores negativos.

El ejemplo más reciente se encuentra en la esmerada presentación del informe de cuatro años del gobierno anterior, Los caminos de la solidaridad: la huella del Gobierno de Álvaro Colom, 2008-2012, que más bien sobresale como un álbum de proezas, debido a las numerosas fotos que ilustran el documento, pero que en esencia se puede palpar muy poco que haya sido de beneficio para grandes sectores, por lo que resulta demagógica aquella frase de toma de posesión que decía: “Hoy empieza el privilegio de los pobres”.

Lo cierto es que las penurias de los más necesitados siguieron inalterables en esos cuatro años de administración uneísta, salvo para muchos de sus más cercanos colaboradores, pero sobre todo para los financistas de campaña, que cobraron con creces esos aportes, muchos de los cuales lo siguen haciendo en este gobierno, y existen altas probabilidades de que otros lo repitan cuando llegue el momento de relevar a los actuales gobernantes.

Ese sí es un auténtico reto para un gobierno que se proclamó como el del cambio y que no ha titubeado a la hora de repartir culpas, principalmente hacia el anterior régimen, precisamente como a su vez este lo hizo con la gestión de Óscar Berger, y como estos lo hicieron con la de Alfonso Portillo, quien durante toda la campaña electoral centraba sus reproches en la ola privatizadora de Álvaro Arzú, y como en la actualidad lo hace Manuel Baldizón, que concentra sus críticas en la cúpula gobernante.

Quizá lo más importante en el inicio de un segundo año de gobierno sea revisar mucho de lo logrado y de lo que se ha dejado de hacer, para comprender que durante sucesivas administraciones muy pocas cosas cambian en el país, y que si bien algunos indicadores han mejorado, no es precisamente por una buena aplicación de los gobernantes, sino porque hay programas que dependen de la solidaridad de naciones amigas y que Guatemala está en los ojos de la comunidad internacional y por ello hay avances en algunas áreas, pues simplemente no se puede parar.

No debería ser tan difícil, y lo primero que debería hacer todo gobernante es ser congruente con sus promesas y concentrar, en consecuencia, sus esfuerzos en resolver los grandes rezagos de un país que clama por salir del subdesarrollo. Pero eso solo se puede lograr si se frenan un poco las presiones de las roscas más cercanas al equipo de gobierno y en cambio se invierte el orden de prioridades y se le presta más atención a una agenda de nación con objetivos sencillos que favorezcan el desarrollo nacional y no el de grupúsculos enquistados en el poder.

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