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15/01/13 - 00:00 Opinión

DE MIS NOTAS

Mitos del hombre de maíz

Hombres de maíz transformados por McDonald’s, Campero, Pinulito, carretillas ambulantes de shucos, tacos y la parafernalia ilimitada de los “tortrix” y sus primos, cubriendo el país entero. Tiendecitas y abarroterías en los lugares más recónditos del país, ofreciendo en sus anaqueles de bebidas y golosinas diversas -propias del “mix” mercadológico y canales de distribución- servidos con metódica eficiencia. Televisión, cable y radio bombardeando a una enorme masa de adeptos aumentando a velocidad de celular. Torres de transmisión erguidos sobre cerros.

ALFRED KALTSCHMITT

Es la tierra de los hombres de maíz, y ha venido cambiando en forma singular.

Y porque ha cambiado el hombre de maíz, ha cambiado también el campo —el agro—, como le llaman los técnicos. Más y más campesinos han dejado el maíz para sembrar cultivos más rentables. Esto, aunado a la incidencia de las remesas en las economías locales, influyendo desde el precio de las tierras, la mano de obra, la arquitectura local, la moda, la importación de préstamos culturales, y hasta en fenómenos como la disfunción familiar.

Por ello leo con interés el reportaje de Elizabeth Rosenthal publicado el domingo pasado en el New York Times, aventurando una tesis sobre la incidencia negativa que tiene en Guatemala la producción de biocombustibles en el precio del maíz y, por ende, en la pobreza del campesino.

La reportera hace algunas inferencias sobre los efectos que tales prácticas conllevan en los campesinos guatemaltecos “que ahora no encuentran tierras para sembrar, pues han sido absorbidas por las plantaciones de caña de azúcar y palma africana”. Una afirmación apresurada, pues la agricultura intensiva de Guatemala siempre ha girado alrededor de cultivos rentables como el café, el azúcar y la palma africana. Cultivos, todos, que requieren tierras fértiles y condiciones climáticas óptimas. Por la misma razón, son las tierras de mayor costo, y por ende, “nunca” han sido utilizadas para el cultivo de maíz.

Rosenthal misma se contesta sobre las variaciones de precios del maíz al citar a Timothy Wise, académico de la Universidad Tufts, al declarar “que Guatemala alguna vez se autoabasteció de maíz, y se volvió dependiente de las importaciones en la década de 1990 conforme un excedente de maíz estadounidense subsidiado llegaba al sur. Los agricultores guatemaltecos no podían competir, por lo que la producción de maíz cayó alrededor de 30% per cápita en 1995 y 2005”.

La producción de biocombustibles es un hecho, lo queramos o no. En tanto no bajen los precios de los combustibles fósiles, seguirán siendo cultivados como una opción estratégica tendiente a liberar las economías mundiales de las variables políticas de los países productores de petróleo.

Por otro lado, está más que comprobado que Guatemala es un país con vocación mayormente forestal. Hay cientos de miles de hectáreas de tierra que no es utilizada adecuadamente porque no “sirve” para maíz. Pero podría utilizarse para la siembra de bosques.

Como lo hemos repetido muchas veces, el Programa de Incentivos Forestales (Pinfor), del INAB, es uno de los programas con mayor potencial de sacar de la pobreza a muchos agricultores campesinos. Actualmente, el 57% de proyectos del Pinfor benefician a pequeños propietarios de tierras que han cambiado de actividades agrícolas a forestales. Con solo brindarle recursos adicionales a este programa, miles de campesinos podrían sumarse a los 200 mil que ya están llevando a cabo este proyecto exitosamente.

Pero no nos perdamos. En Guatemala, la falta de tierra no es el problema. Nunca tendremos suficiente tierra aunque se reparta toda. Lo que los campesinos necesitan no es tierra, sino empleos. Empleo y educación, es lo que los hombres de maíz del siglo veintiuno necesitan.

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