
No nos hagamos bolas, si el argumento para seguir con la explotación petrolera en el área protegida Laguna del Tigre es económico, es necesario entender mejor de qué estamos hablando y cuál es el verdadero negocio. Cuando Guatemala entrega una concesión petrolera, se pactan varias condiciones. Por un lado están las regalías, que nunca le han dejado al país más del 6 por ciento del valor de la producción. Si Guatemala recuperara —poco a poco— los campos que ha otorgado en concesión, la ganancia para el país podría ser, mínimo, del 65 por ciento del valor total de la ganancia neta. Hoy, toda esa ganancia se la lleva la compañía petrolera. Pero eso no es todo; en el negocio petrolero, el detalle más “interesante” está en cómo se dividen, el Gobierno y la compañía, la ganancia bruta. Así, la compañía descuenta todos sus costos, antes de repartir las ganancias. Allí se incluye cada tornillo, cada salario, cada viaje..., todo lo que se les pueda ocurrir, ¡inflado! Todo se descuenta, y lo pagamos nosotros, los guatemaltecos, porque se paga con nuestro petróleo. Lógicamente, después de restar todos los costos —repito, inflados— de la operación petrolera, lo que queda por repartirse es poco.
Si en lugar de que sigan explotando nuestro petróleo, las transnacionales, con sus transas nacionales, la operación la controla el Gobierno, por medio de un operador decente, la ganancia para el país sería muchísimo más grande. Aunque ahora se pidieran prestados los millones que dejaba el petróleo para cubrir el presupuesto nacional, podríamos pagarlos fácilmente si hacemos las cosas bien. La discusión se centra en este momento solo alrededor de Laguna del Tigre —porque expira el contrato 2-85 de Perenco— tal vez porque ese negocio estaba pactado anteriormente, en el paquete de “pagos por deudas”. Pero Guatemala tiene muchos otros pozos petroleros, unos abandonados y otros explotados inadecuadamente, que se podrían rehabilitar para alcanzar una producción petrolera nacional que podría cubrir adecuadamente muchas de nuestras necesidades económicas, sin quebrantar leyes ni poner en riesgo áreas protegidas y nuestro futuro. Y podríamos encontrar un operador respetuoso de la ley, con mejor reputación que la transnacional francesa, ya famosa dentro del gremio…
Respecto de la campaña negra contra Laguna del Tigre, que encabeza el ministro de Energía y Minas —quien no se cansa de afirmar que está completamente destruida— recordemos que la designación de esa área no es caprichosa: su importancia es inmensa y que aunque está dañada, es vital recuperarla y mantenerla, por el bien de la vida y del planeta —entre los que se incluyen sus descendientes, señor ministro—. Quienes están en el negocio del petróleo saben, y se han aprovechado siempre de eso, que la ciudadanía guatemalteca tiene poca información. Antes de la firma de los acuerdos de paz, la información sobre la explotación petrolera era considerada estratégica, secreto de Estado. Hoy, el negocio petrolero también está protegido, gracias al acuerdo impuesto por el Ministerio de Economía, a través de la resolución 1599. ¿Qué esconden? Señor presidente, se podría desarrollar Laguna del Tigre turísticamente, negocio que dejaría mucho más a Guatemala, a largo plazo, sin tanto daño. Usted ha afirmado que entiende la cosmovisión de los pueblos indígenas, es empresario y sabe de qué estoy hablando. Va a sentar un precedente que jamás olvidaremos, para bien o para mal. Tiene en sus manos mucho más que el futuro de Laguna del Tigre: ayude a Guatemala a recuperar lo que le pertenece.
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