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Opinión

Niños de la calle

Cuando los adultos se preguntan: ¿Qué es un niño?, se les dificulta definirlo. Se dice que a ustedes los niños se les puede encontrar donde quiera: encima, debajo, trepando, colgando, corriendo, saltando... Los papás los adoran, las hermanas mayores los toleran, los adultos los desconocen y el cielo los protege.

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LEONEL GUERRA SARAVIA

Algunos dicen que a los niños les encantan los dulces, los libros con láminas, el campo, el agua, los animales, los trenes, los domingos, los charcos, los grillos y los carros de bomberos. Les desagradan las visitas, la escuela, los barberos, los abrigos y la hora de acostarse. Al niño le desagrada que no se le acepte su forma de jugar; se le reprende si hace mucho ruido o tiene tierra en las manos; se le trata de corregir, pero a veces no se les da un buen ejemplo; se les trata como si fueran hombres pequeños; en algunos casos se les limita su imaginación, su creatividad; se les imponen sus vestimentas.

A los niños de la calle frecuentemente los encontramos donde hay semáforos; algunos limpian los vidrios de los automóviles, otros hacen malabarismos, y el resto sencillamente pide dinero. Llegada la noche los vemos acurrucados en rincones de las casas o bajo azoteas, librándose del agua o del frío. Algunos inhalan pegamento para aliviar su penuria o mitigar su apetito; otros fuman mariguana, usan crack o cualquier otra droga. Durante el día, algunos entrenados se dedican a robar carteras, aretes, celulares o bien asaltan a las personas para ayudarse monetariamente. Estos queridos personajes son víctimas de discriminación social, los menosprecian, insultan o maltratan. Esto siembra más el odio entre ellos. No los justifico del todo, pero señalo parte de la realidad. En relación con el porvenir de los niños de la calle, les cuento lo que pasó con un personaje llamado Mario Capecchi: “es italo estadounidense. Durante la guerra vivía en los Alpes Tiroleses; la Gestapo se llevó a su madre cuando tenía tres años y medio de edad. Ella, sospechando lo que le pasaría, vendió todo lo que tenía y el dinero se los dio a unos granjeros vecinos para que le cuidaran su hijo. A la madre se la llevaron a un campo de concentración. Los granjeros cuidaron a este niño y unos meses después, al acabarse el dinero, lo echaron a la calle, cuando apenas tenía 4 años. El niño, en la calle, se unió a una pandilla de chiquillos y sobrevivió con ellos, hasta los 9 años. Ellos robaban en pandilla, en Italia, para poder comer. Pasado el tiempo, a este niño lo hospitalizaron por malnutrición y fiebre tifoidea, durante un año. Terminada la guerra, su madre fue liberada en 1945. Se dedicó durante dos años a buscar a su hijo y lo encontró en una pandilla de delincuentes. Como pudo, se lo llevo a Filadelfia, EE. UU., a la casa de un hermano de la madre, donde aprendió a leer a los 13 años. El niño siguió estudiando y progresando, hasta recibirse de médico. Este personaje, que fue niño de la calle, se hizo genetista molecular, y en el año 2007 ganó el Premio Nobel de Medicina. Fue premiado por su trabajo en el campo de la manipulación genética de animales, imitando enfermedades humanas como el cáncer y la fibrosis quística.

Con los años, al obtener el Premio Nobel, dijo: “Siempre he pensado que lo que aprendí con aquellos ladronzuelos me sirvió como investigador: una cierta intuición del porvenir. Hay que empezar por algo, pero para eso hay que tener un plan, una idea de hacia dónde uno quiere ir.” Con esto que les he contado espero tomemos conciencia de que estos niños de la calle necesitan comprensión, apoyo, cariño, oportunidades, confianza, etcétera. Muchos de ellos no tienen la culpa de estar en las calles.


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