Opinión

Incesante drama de los migrantes

La pobreza ha marcado profundamente la geografía centroamericana, y su influjo también hace que cada ser humano reaccione ante ese flagelo de manera diversa. Algunos lo hacen con resignación, donde la peor parte la llevan los hijos, muchos de los cuales ni siquiera alcanzan la edad suficiente como para tomar conciencia de la penosa etapa que le toca sufrir, mientras se convierten en una cifra más de una estadística bochornosa para el país.

Sin embargo, existen muchos otros que se resisten a aceptar ese destino y aún a costa de su propia vida o de sufrir serios daños tratan de revertir esa realidad y se ven incluso obligados a abandonar a sus seres más queridos con tal de escapar de la pobreza o la violencia para buscar un mejor destino, principalmente en Estados Unidos a donde emprenden una travesía que está llena de obstáculos y peligros, aunque un alto porcentaje de ellos jamás verá materializado ese sueño.

Cálculos de organizaciones que se dedican a ayudar a los migrantes estiman que solo ocho de cada 10 indocumentados logran su objetivo de pasar con relativo éxito el territorio mexicano, una cifra que parece muy optimista porque la cruda realidad que deben enfrentar en su emprendimiento es apabullante, pues este no es un viaje común, empezando porque no disponen de los medios de transporte regulares, los cuales constantemente son inspeccionados por la policía mexicana y por ello deben acudir a la más extrema posibilidad.

Ese reto infernal empieza para muchos compatriotas en Arreaga, municipio de Chiapas, el poblado más cercano a donde llega el tren conocido como la Bestia, que representa la mejor posibilidad de avanzar un enorme trecho para alcanzar el objetivo, pero esa constituye una de las más duras pruebas para los centroamericanos, como lo evidencia el hecho de que en un día con una temperatura promedio, esta puede sobrepasar con facilidad los 40 grados, algo que puede resultar calcinante cuando se viaja sobre el lomo del ferrocarril.

Esa es una de las más duras pruebas que deben sortear hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, los que predominan entre los miles de migrantes que son capaces de enfrentar la adversidad que los espera a lo largo de su recorrido, pero asumen el reto de hacerlo, aún a costa de su propia vida, porque igualmente poderosos son los obstáculos y amenazas de las que huyen en sus países, donde principalmente la violencia y la pobreza los obliga a viajar incluso con varios de sus hijos, muchos de muy corta edad.

De hecho, organizaciones de socorro reportan que desde diciembre último ha sido notorio el incremento de familias enteras que buscan llegar a Estados Unidos, y esto se ratifica con estadística migratoria a ambos lados de la frontera. En lo que va del año, la cifra de menores deportados de México se ha triplicado, algo que debería ser suficiente motivación para buscar soluciones de largo plazo que le pongan fin a ese flujo migratorio que está dejando una estela de dolor en miles de familias, que lo único que buscan es huir de una pobreza que agobia.