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Opinión

MACROSCOPIO

¿Podemos competir así?

Uno de los males que más han quedado arraigados en nuestra sociedad es la falta de disciplina, que incluye, entre otros factores, la impuntualidad. Durante los años en que he estado involucrado en la dirigencia empresarial me tocó muchas veces pedir citas con funcionarios de gobierno de todo nivel, desde el presidente de la República hasta un oficial de juzgado.

Humberto Preti

La experiencia fue casi siempre la misma, pues cuando me recibían siempre era —con suerte— con media hora de retraso y en muchos casos a última hora se cancelaba la cita, con el pretexto de que “al señor ministro, secretario, juez o magistrado, lo mandó a llamar el presidente”. Este es el argumento que ha sido el común denominador de los funcionarios públicos, quienes no respetan el tiempo y los costos que representa la cancelación de una cita. No creemos que el mandatario le pregunte al funcionario el estado de su agenda; sencillamente lo llama y así se quede plantado un dirigente empresarial, laboral o campesino.

Ha sido una inveterada costumbre de los funcionarios llegar a foros, inauguraciones y actos protocolarios hasta con varias horas de retraso. Recuerdo el caso de la entrega de una finca en Zacapa, donde el gobernante de aquel entonces, don Óscar Berger, llegó con cuatro horas de retraso y sin importarle el ardiente sol debajo del cual tuvimos, cientos de personas, que llevar a cabo la espera.

Más preocupante es el caso de campesinos que vienen a la capital, citados por una u otra dependencia, y ya cuando llegan, después de haber pagado pasaje y hasta hospedaje, se les dice que quien los iba a atender salió de comisión y que vuelvan la semana entrante. Me tocó ver esos rostros de frustración en hombres, mujeres y niños, que con esfuerzo lograron llegar y ahora deberán regresar quién sabe cuántas veces hasta que al funcionario se le dé la gana recibirlos.

El asunto se agrava aún más en los servicios públicos, en especial en la salud, donde las citas para enfermedad común se dan con meses de antelación, y si se requiere encamamiento no hay camas y váyase usted de regreso quién sabe a dónde, pero vuelva si es que la muerte no lo alcanzó antes de la cita.

Hoy, el gobernante viene de una disciplina militar que espero aplique en este tema, e instruya a sus subalternos a cumplir con sus citas y con la hora de los mismas.

Cuando se analiza este tema en las países desarrollados vemos que parte de su éxito es la disciplina en Japón, Suiza, Inglaterra, Alemania, entre otros países donde la gente es cumplida y donde no hay atrasos, ni siquiera en el transporte público; allí, el tranvía pasa a las 12.30 y a esa hora exacta está parando en la estación. Todo empieza a la hora anunciada con quienes estén, y en varias ocasiones me tocó ver que los que llegaban ya empezado el acto eran nuestros amigos latinoamericanos.

Por supuesto, estos retrasos en todo parecieran también parte de un plan macabro para que el país no camine. Los plazos son eternizados en todas las instancias, los juzgados tienen plazos para emitir resoluciones que no lo cumplen, al Ministerio Público llegan denuncias que no se investigan nunca y, por consiguiente, las pruebas nunca llegan a tiempo a los juzgados; en las aduanas la tramitología es eterna y a veces retienen mercadería varios días, ya sea que entre o que salga, y cuando todo está en orden se inventan un nuevo requisito; por supuesto, este ya lleva el otro componente funesto de la corrupción.

Esperamos que la cultura de la disciplina y el respeto a los plazos sea una política de este gobierno, si no, ¿así cómo vamos a competir?


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