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09/08/13 - 00:00 Opinión

PARALELO 30

Prioridades

Se ha adoptado al PIB y al crecimiento económico como prioridad de política pública en muchos países, debido a la influencia de la escuela económica ortodoxa, que prioriza a la economía de mercado y se basa en el crecimiento económico como medio y fin para alcanzar bienestar individual. Esta tendencia se consolidó en EUA y en el mainstream académico, esencialmente desde la escuela económica austriaca y de Chicago. Milton Friedman, elocuente economista, profesor

SAMUEL PéREZ- ATTIAS

y asesor de muchos políticos en el contexto global de los 70 y 80 —como M. Thatcher y R. Reagan— influyó en la implementación de políticas enfocadas a la liberalización de los mercados y consecuentemente alcanzar mayores niveles de crecimiento económico como objetivo primordial: la famosa Teoría del derrame. Los resultados han sido exitosos en muchas áreas. El ingreso per cápita se ha incrementado globalmente, el acceso a recursos a través del intercambio ha coadyuvado a democratizar el acceso a bienes y servicios y se observan más altos niveles de desarrollo humano agregado, la innovación ha crecido exponencialmente. Hoy hay más empresas, productos e inventos, y en general la riqueza material se ha multiplicado sin reparar en la equidad o la sostenibilidad.

En general, el PIB expresa monetariamente la producción dentro de las fronteras del país. Eso, sin embargo, implícitamente incluye la actividad económica derivada de desastres naturales, gasto militar, costos de la violencia y de venta de armas, de la actividad productiva contaminante o que deforesta; contabiliza los tractores que extraen minerales a costa de la salud de la población y las facturas de los médicos que tratan males respiratorios. Mide el producto de la venta de balas perdidas, de los carros fúnebres y las cajas donde se entierra a inocentes asesinados.

Por otro lado, el PIB no mide la felicidad de los niños, su calidad educativa o su esperanza de vida. No mide la unión familiar ni la capacidad de tener un debate público serio o la calumnia y el terrorismo mediático. No mide la fortaleza de las instituciones democráticas, el temor de la población ni la capacidad de enjuiciar a corruptos o genocidas. No mide la capacidad de manipular a las masas, la discriminación social o la cantidad de vida concentrada en un ecosistema. Tampoco la cantidad de oligopolios que frenan la competencia ni las consecuencias del cambio climático, la pérdida de la riqueza cultural o las relaciones sociales entre ciudadanos. No mide la alegría de una familia que disfruta la convivencia armónica en comunidad, la capacidad creativa de niños/as en la escuela ni la fuerza del abrazo de un padre a su hija una tarde cualquiera. Que no lo mida no quiere decir que no sea eso prioritario para un país. Rápido crecimiento económico no implica mejor calidad de vida. En el primer mundo, la conversación empuja las fronteras intelectuales y a menos de cien años de haberse instaurado, el PIB está en revisión y cuestionamiento como medida exclusiva de bienestar y el crecimiento económico como prioridad a alcanzar por una sociedad que se diga ser avanzada o civilizada… no digamos humanizada.

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