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Opinión

Rafael Espada ante la historia

Es necesario analizar, en este fin del gobierno, a una de sus figuras más conocidas: el doctor Rafael Espada, a quien la historia juzgará de una manera un poco distinta que a Álvaro Colom, pero igualmente dura, al haber comprobado que las personas de buen nombre personal tienen imposibilidad práctica de actuar en política. En efecto, fue una figura solitaria dentro del esquema de la administración de Colom, y no le fue permitido cumplir las tareas legales designadas a su cargo.

EDITORIAL

La principal crítica que se le puede hacer al doctor Espada, cirujano guatemalteco de renombre internacional, fue no haber podido o no haber querido ver la realidad que lo rodeaba, resultado de la manera cómo políticos marrulleros se aprovecharon de su prestigio desde la campaña presidencial. En su momento fue muy comentado que no encajaba su imagen pública con la de un gobierno encabezado por alguien que se autoproclamaba seguidor de la ideología socialdemócrata.

Llegó al binomio presidencial porque de manera astuta los dueños de la Unidad Nacional de la Esperanza lo utilizaron para darle al partido y al candidato una imagen de serenidad y de balance. Tuvieron claro éxito, y poca duda cabe de que muchos de los votos favorables al aún hoy partido oficial llegaron porque el doctor Espada irradió confianza y calmó algunas dudas.

Se le puede señalar al vicepresidente actual que su principal error fue haberse quedado. La ocasión de retirarse con gloria le llegó muy pronto, casi desde el primer día, cuando fue evidente que la decisión era hacerlo a un lado y otorgarle sus funciones a la esposa del mandatario. Estas posibilidades tuvieron su máximo ejemplo con la absurda maniobra del divorcio a rajatablas de los esposos Colom Torres. Debió haber renunciado y ello hubiera significado un juicio histórico distinto, pero por algún motivo no lo hizo.

Es evidente que su decisión se debió a haber pensado que renunciar habría sido una traición al presidente y al electorado, y que tenía la obligación moral de cumplir con el mandato de cuatro años otorgado por los ciudadanos. Es imposible que una persona con la inteligencia del doctor Espada no haya estado seguro de la derrota electoral, que se veía venir desde mucho antes del divorcio más sonado de la historia guatemalteca. La victoria dependía de que todas las instituciones legales y políticas del país no funcionaran, y al no ocurrir esto echó por tierra el proyecto del continuismo Colom-Torres.

El vicepresidente actual quedó convertido en un ejemplo de alguien correcto, cortés, todo un caballero, pero sin mando alguno. El caso del doctor Espada es preocupante porque, entre otras cosas, demuestra que los grupos politiqueros llamados partidos políticos en Guatemala son entidades cerradas a la participación de personas que en realidad deseen servir al país. Es lastimoso que Guatemala no haya podido tener los beneficios del trabajo de personas con las cualidades de quien aceptó la Vicepresidencia para poder trabajar, pero le fue impedido por la absurda ambición de los miembros de la UNE.


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