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Opinión

EDITORIAL

Reprimenda refleja sentimiento público

Cuando el presidente Otto Pérez Molina expresó anteayer una severa reprimenda contra la Policía Nacional Civil (PNC), se convirtió, tal vez sin quererlo, en denunciante de una realidad matizada por arbitrariedades sufridas cotidianamente por los guatemaltecos y en portavoz de un profundo descontento que no han podido expresar, por el riesgo de enfrentar represalias.

El tono severo del reclamo presidencial a los abusos y la ineficiencia de la PNC causa alivio y esperanza de que haya un cambio en la institución que ostenta el monopolio del uso de la fuerza. Lamentable y trágicamente, esta dispensa constitucional no se ha empleado para cumplir con el mandato de resguardar la vida y los bienes de los guatemaltecos, sino para hostigarlos y poner en riesgo su vida, y para servir, en ciertos casos, a fines inconfesables de la criminalidad y de poderes fácticos.

A causa de su incapacidad en el combate del crimen, y sumado a las arbitrariedades de los agentes y su manera de relacionarse con la comunidad, la PNC se encuentra hundida en un desprestigio profundo. Nadie confía en ella, aunque cuente con algunos integrantes diligentes y responsables; y la mejor expresión de ese recelo es que las personas sienten angustia y temor cuando son interceptadas por policías, algo muy distinto a lo que ocurre en otros países, en los que los ciudadanos se sienten seguros y agradecidos con este tipo de prácticas preventivas del delito.

La experiencia de Pérez en seguridad le ha de ayudar a comprender la gravedad de la descomposición policial y la dificultad para atacarla, pues involucra a altos mandos y agentes por igual. Se sabe que los jefes inducen a sus subordinados a exacciones y otros procedimientos extorsivos en contra de personas particulares, transportistas y empresarios, al exigirles cuotas de dinero, lo que a su vez deja a estos el camino libre para procurarse beneficios.

El alto número de integrantes de la PNC y la complejidad territorial dificultan la supervisión del comportamiento. Esta tarea, en especial asignada a la Oficina de Responsabilidad Profesional, ha estado descuidada intencionalmente, porque esa tolerancia es parte de un esquema de corrupción que también ha beneficiado a esa unidad.

Existen a lo interno diversas conductas toleradas, como la ebriedad, la agresividad y la altanería en contra de la población, que vienen a ser nada ante otros sucesos terribles en los que se han visto implicados policías, como secuestros, extorsiones, asaltos, robos y ejecuciones extrajudiciales. Es común, al respecto, que autopatrullas instalen auténticos puestos de asalto, tanto dentro como fuera de sus rutas, operaciones que, se supone, solo están permitidas en retenes autorizados e identificados.

El cúmulo de atropellos de la PNC hace difícil el cambio de la mala imagen social acerca de ese cuerpo. Pero no es imposible: todo depende de que este gobierno logre romper el mito de que es insalvable, y pueda cambiarla, de su actual estructura improductiva y tenebrosa, a una instancia respetuosa de la ley y de los derechos humanos. Y sobre todo, que muestre resultados en el combate de la delincuencia, de cuyo auge carga con una altísima responsabilidad.


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