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Opinión

INDEPENDENCIA

Sincerarse, parte del cambio

Sincerarse es sinónimo de confesar, declarar, revelar, abrirse, descubrir, desahogarse, reconocer, desembuchar, justificarse, explayarse, confiarse. Según el diccionario, significa: hablar con alguien para contarle algo con plena confianza. Sin duda, empezar a confesar y reconocer nuestra verdadera condición, sin eufemismos o hiperbólicas frases -propia de politicoides-, es un buen comienzo para cambiar personalmente y, además, influir positivamente en una sociedad en la que todos y cada uno de nosotros puede contribuir con el futuro del país,

Juan Callejas Vargas

JUAN CALLEJAS VARGAS

 sincerando su verdadera condición personal y buscando el cambio.

El economista Mario A. García Lara, columnista del diario Siglo 21, tituló su columna del 10 de enero del presente año, refiriéndose a Guatemala: Mediocre, pero con potencial. Desarrolló el concepto central de su columna así: “Pese a la mediocridad histórica de nuestro desempeño económico, es posible revertir la situación”.

“Recientemente el Banco de Guatemala presentó su estimación de que el Producto Interno Bruto (PIB) crecería un 3.8% en 2011 respecto del año anterior, la que fue anunciada con satisfacción y optimismo como la tasa de crecimiento más alta de los últimos cuatro años… No importa si la tasa de crecimiento anual es de 2.5% o 3.9%; en tanto la economía nacional no aumente su tamaño —medido por el PIB— a una velocidad mayor al 5% anual, será imposible reducir los inaceptables niveles de pobreza y los desastrosos indicadores sociales que exhibe Guatemala”. Sincero, ¿no le parece?

Para terminar de completar el cuadro de García Lara convendría agregar que este crecimiento es provocado en gran parte por tres factores ajenos a nuestras competencias productivas. Sin quitarles mérito alguno a los pocos jóvenes empresarios creativos que, insertos en el mundo que emerge, aprovechan las oportunidades de crear riqueza honesta y decentemente.

En primer lugar, el precio internacional de materias primas al alza desde hace ya varios años y que beneficia sectores concentrados del capital criollo del país que se mantiene anclado férreamente a su tradicional posición de no querer pagar impuestos. Segundo, la masa monetaria que ingresa al país en forma de remesas —parte de lo cual, en corrillos empresariales se reconoce como microlavado— y que a pesar de la pérdida de empleos de nuestros conciudadanos en Estados Unidos, este año superó cualquier otro año anterior, y por supuesto, sin poder ocultarlo; en tercer lugar, las cada vez más socialmente aceptadas actividades ilícitas que van desde la trata de blancas, el trasiego de drogas, el contrabando, la piratería y el conspicuo negocio de la construcción que junto a la banca, según confesiones del ya casi ex vicepresidente, son parte del lavado de dinero. ¿Y el valor agregado de nuestro aparato productivo?

Con este estado de cosas, la limitada inversión extranjera que beneficie al país —porque si es como el negocio de las minas de oro, mejor no hacer negocios— y el fracaso escolar reportado por nuestra próxima ministra de Educación en la edición de elPeriódico del 8 de enero último y como guinda del tema, con cerca de la mitad de nuestra población sin haber consumido los nutrientes básicos para crecer con una normal posibilidad de inteligencia y así tener posibilidades de contribuir a la creación de riqueza, no podemos menos que afirmar que esta generación y cuatro más por delante, tenemos un reto monumental en el que o participamos o el último que salga que apague la luz. ¿Pesimista? No, realista y sincero, sí.


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