
El atroz asesinato de 72 migrantes, entre ellos cinco guatemaltecos, perpetrado a sangre fría y con un nivel de inhumanidad difícil de creer por la organización criminal autodenominada los Zetas, debe provocar una campaña masiva en los países latinoamericanos para disuadir a quienes piensan intentar la odisea que los lleve a un inexistente “sueño americano” en un país que se ha convertido en un creciente territorio hostil para quienes logran sobrevivir una terrible jornada que comienza cuando los “coyotes” son contratados para iniciarla.
El mensaje de los narcotraficantes al mundo es claro: todos deben aceptar convertirse en “mulas” (transportadores individuales) de la droga que ingresa en EE. UU. El crimen contra los migrantes ilegales es múltiple porque les roban el poco dinero que traen; violan a las mujeres y maltratan a los niños; los obligan a hacer algo que ellos no quieren porque saben que su situación se complica al ingresar ilegalmente en territorio estadounidense y, encima, con droga.
Los criminales le dan un poco de droga a cada inmigrante, previendo que se pierda si es capturado por la guardia fronteriza; si consigue cruzar la frontera sin ser detectado, la droga llega a destino, pero él o ella no se benefician de su venta; pero si es capturado, las autoridades lo juzgan y encarcelan como criminal —ya no solo como indocumentado—, y eso significa una larga condena. El único sobreviviente, un ecuatoriano de 18 años, dijo haber pagado US$11 mil por el viaje.
Cada vez se evidencia más que EE. UU. debe actuar sin complacencias contra los adictos, así como lo hace con diversos niveles de rigidez contra los narcotraficantes. No se puede olvidar que el narcotráfico se origina en el consumo de drogas en ese país. La violencia de los criminales también está relacionada indirectamente con el sistema de inmigración, que no permite legalizar la mano de obra que necesita el país y llega desde el sur.
La legalización de la droga provoca efectos secundarios. En Santa Fe, Nuevo México, fueron establecidos centros para que los adictos llegaran a recibir y consumir, costeados por el Gobierno. Pronto llegaron drogadictos de todas partes, y pronto también surgieron problemas cuando salían de esos lugares bajo efectos de droga, y por eso chocaban carros. Entonces solicitaron quedarse hasta que les pasara el efecto, pero al ocurrir esto ya necesitaban más droga. O sea que los centros se volvieron hospedajes permanentes gratuitos para drogadictos, costeados por el Estado.
La terrible masacre de Tamaulipas horrorizó al mundo, como debería hacerlo el constante número de anónimas víctimas de los “coyotes”, el tiempo, la geografía, los abusos de todo tipo, etc., que muere diariamente desde hace décadas. Mientras no se endurezca la actitud estadounidense y no mejoren las condiciones economicosociales al sur de su frontera, la matanza humana aumentará, impasible, y se mantendrá en la peor de las impunidades.
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