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Prensa Libre

17/10/12 - 00:00 Opinión

CATALEJO

Tasso Hadjidodou, el culto amable

TASSO HADJIDODOU ES una de esas personas por quienes uno siente afecto aunque no sea un amigo cercano. Es un personaje cuya presencia enriquece cualquier país donde viva, porque encarna muchas de las cualidades presentes en la humanidad, entre las cuales sobresale su relación directa con la cultura. Una cultura intrínseca a la calidad de ser humano, no de pertenencia a ningún grupo étnico, religioso, político, histórico o de cualquier otro tipo. Una cultura en la cual se manifiestan en los siglos XX y XXI las características de los grandes clásicos

MARIO ANTONIO SANDOVAL

grecorromanos, con sus valores fundamentales, sus principios y demás características inmutables a pesar del paso de las centurias y de los reales o supuestos avances humanos.

COMO DE SEGURO ocurre con muchas personas, no recuerdo con exactitud cuándo conocí a Tasso. Pero siento como si lo hubiera conocido desde la infancia, y poco a poco se fue acentuando una admiración por su forma de ser, y porque —como pocos en Guatemala— se convirtió en un mecenas cultural guatemalteco, y en ese papel le tendió una mano o le abrió alguna puerta a numerosos artistas nacionales, de las más variadas disciplinas. Por algún motivo, cuando yo soy invitado a alguna actividad de esta naturaleza, estoy inconscientemente seguro de verlo y poder saludarlo en persona. Gracias a él he podido conocer, o al menos saludar personalmente, a algunos representantes del arte local de las últimas tres décadas, por lo menos.

EN TASSO SE CUMPLE EL viejo adagio de “genio y figura, hasta la sepultura”. Es imposible imaginarlo con su modesta corrección en el vestir, muchas veces con un fólder apretado con la mano contra su pecho. Su sonrisa no ha sido solo de los labios, sino también de los ojos, en una mezcla de humor pícaro, a veces de un muy agradable y elegante doble sentido. Sus gestos, también únicos, lo han señalado como una persona en quien el tiempo se ha detenido. Con ese estilo tan único e irrepetible, su ingenio ha brotado siempre con frases derivadas de la conversación del momento, Por esa causa, tienen una vida efímera —solo el momento de la charla— y es difícil recordarlas o relatarlas, porque es necesario contar de nuevo el contexto del momento.

TASSO, HASTA HACE MUY poco tiempo, cuando empezó su enfermedad, se materializaba en las reuniones y de igual forma de pronto ya no estaba: se había desvanecido, sin aspavientos y despedidas estentóreas, porque sabe el arte de salir en el momento adecuado. Tuve el gran gusto de darle jalón en mi automóvil al final de algunos de los eventos culturales donde coincidíamos, y solo aceptaba porque me quedaba en el camino. Varias veces nos quedamos conversando en la esquina de la Calle Tasso Hajidodou, de la zona 1. Y a él debo agradecerle el afecto a mis padres, con quienes tuvo una relación de mutuo afecto y simpatía, muy similar a la sostenida con cientos de personas integrantes de los más variados sectores sociales del país.

AHORA, CON SU SALUD disminuida, deseo patentizar con estas palabras mi sincera admiración por un integrante de la mejor clase de personas residentes en Guatemala: quienes —con papeles legales o no— han decidido dejar la tierra de su nacimiento y radicarse en esta patria adoptiva. Su amor por este terruño se manifiesta con sus acciones, por lo general enmarcadas en el entusiasmo y en la perseverancia. Tasso merece todo el aprecio, tanto de quienes lo han tratado como de sus numerosos amigos y admiradores. Creo expresar por este medio un sentimiento compartido por los guatemaltecos, el de un agradecimiento sincero, afectuoso y profundo por un hombre excepcional, único, de quien uno se puede sentir orgulloso por vivir en su época.

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