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15/11/12 - 00:00 Opinión

PERSISTENCIA

Últimos terremotos vividos

Eran como las tres de la madrugada del día 4 de febrero de 1976 cuando me despertó un ruido fuerte y la cama no me dejaba ponerme en pie de lo mucho que se movía. Todo estaba oscuro. Por fin pude llegar a la puerta, pero el mismo movimiento no me dejaba abrirla. Al terminar de temblar, corrí al cuarto de mis hijos y al de mi nanita. Los saqué a todos al jardín. Todavía me atreví a correr mi carro para adelante, para que no le cayeran las paredes. Todos nos subimos al vehículo, pero no cabíamos.

MARGARITA CARRERA

Entonces, cuando la tierra se calmó, pude salir a la calle. Los vecinos estaban todos fuera, pero sus casas eran sólidas, no de adobe como la mía.

Al amanecer fui a ver el desastre. La casa donde vivía, que no era mía, sino de mi suegra, estaba inhabitable. Ella me pidió que la abandonara y nos fuéramos a vivir con una de mis hermanas. Imposible, le dije. Mis hermanas no tenían espacio y no podíamos abandonar lo que nos pertenecía, que por cierto no era mucho.

Por esa época era jefe de Relaciones Públicas de San Carlos. Pensé que era mi obligación dejar mi casa e irme a la Universidad. Ahí, el Rector me dijo que fuera al centro de Guatemala, para conseguir unas mantas. No me dio ni un centavo, pero yo llevaba suficiente. Casi no se podía manejar porque había calles intransitables. Por fin llegué, pero casi todas las tiendas estaban cerradas.

Regresé a mi casa antes de las doce y estaba llamando a la Universidad cuando se dejó venir el otro terremoto. Dejé el teléfono y me fui al jardín con mis hijos y nanita. Pero, luego, no teníamos nada para comer. Alguien nos llegó a regalar unos panes. Teníamos agua de garrafón. Empecé a llamar por teléfono a algunas amistades para pedirles consejo.

Uno de los supermercados había abierto y allí conseguí algunos alimentos. Lo cruel fue la entrada de la noche. A mi hijo le dijeron que se fuera a dormir a uno de los camiones que mis vecinos tenían en la calle. Mi hija, mi nanita y yo, nos acomodamos en el carro. De tan cansada, me dormí un poco. El amanecer fue angustioso. El porvenir se nos presentaba amargo. Hasta ir al baño nos daba miedo.

Luego, las noticias eran pavorosas. Veintitrés mil muertos. Los pueblos habían quedado por los suelos. Guatemala vivía uno de los días más trágicos de su historia. Aunque no al colmo de la muerte, mi familia, mi nanita y yo fuimos víctimas de la catástrofe.

Carolina Vásquez Araya escribió el 12 de noviembre, en su columna: Daños Colaterales, algo importantísimo que tiene que ver con la minería: “¿Qué pasaría en la Mina Marlin con el fuerte terremoto del miércoles pasado? De acuerdo con los reportes de la propia Goldcorp, todo está en perfectas condiciones y tanto los túneles de las minas como la represa de colas soportaron estoicamente los remezones… Al momento del primer sismo se encontraban en el lugar inspectores del Ministerio de Energía y Minas ¡feliz coincidencia! Y también habrían arribado al lugar funcionarios del Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales.

Lo que es válido preguntar es cómo pudieron realizarse tan profundos estudios en el término de unas pocas horas, hazaña que de ser correcta merecería ingresar a los anales de la historia de la ingeniería. Por tal motivo es lícito dudar de que las autoridades de ambos ministerios hicieran una evaluación verdaderamente técnica de los posibles daños estructurales en las represas de colas o si éstas comenzarán de manera anticipada —porque eso sucederá tarde o temprano— a destilar su jugo letal hacia las fuentes de agua y el entorno…”.

También señala cómo la Goldcorp atenta contra nuestra tierra y se apodera de ella al prohibir el acceso a sus instalaciones. Viola el estado de Derecho, algo que hace mucho daño a los bienes de nuestra patria, y eso, además, es un atentado contra la pobreza extrema e índices de criminalidad que hay en San Marcos. Sus habitantes sólo reciben destrucción de su entorno, lo cual es un atentado dirigido contra los guatemaltecos.

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