Valparaíso

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Las imágenes de los cerros porteños devastados por las llamas, la sensación imaginada en la distancia del olor acre del humo, la visión de esas casas pegadas a las laderas como lapas a las rocas, me han traído —de golpe— de regreso a los veranos familiares cuando corríamos con mis primas por las calles empinadas del Cerro Alegre, en aventuras casi suicidas. El olor de Valparaíso, los jardines colgando sobre la nada y ese rumor constante del mar se quedan impregnados para siempre en la memoria.

Podrá ser Patrimonio de la Humanidad y se ha ganado el título por derecho propio, pero por sobre todas las cosas es un regalo imborrable para quien haya conocido sus rincones inesperados, sus viejas casas de madera —perfecto combustible para la devastación—; los faroles, las terrazas, las escaleras interminables sobre los bordes de quebradas alucinantes.

Gente pobre, gente rica compartiendo esa geografía que Nicanor Parra describe como un paisaje hundido al revés. Eso es Valparaíso, por lo menos el que yo conozco. Mi padre nació y creció en uno de esos cerros. Ni siquiera sé en cual —¿el Cerro Barón?—, pero eso no tiene importancia. También los veranos de mi infancia y adolescencia transcurrieron en esas casas irregulares, llenas de sorpresas arquitectónicas que se ajustaban como guante a la piel del terreno, desde donde observábamos los barcos que iban y venían.

Mi tío favorito, Luciano, fue director del Mercurio de Valparaíso y, hasta su muerte, nunca dejó de hablar de esa etapa de su vida con un orgullo y una nostalgia que se peleaban los espacios de su memoria. Escuchándolo, era fácil comprender que Valparaíso no es un lugar en el mapa. No es una ciudad. Valparaíso es una experiencia de vida, por eso su destrucción toca a tantas personas en el mundo, viajantes que pasaron por sus calles y subieron con algo de temor en sus funiculares medio destartalados para observar el panorama desde las cumbres.

Pero hay un capítulo mucho menos romántico en este relato. Cuarenta y dos son los cerros de Valparaíso, en donde vive casi la totalidad de la población de esta ciudad portuaria. Y, aunque ha sido devastada a lo largo de la historia por incendios y terremotos, muchas de sus construcciones vienen de siglos pasados. También sus sistemas de drenajes, el cableado eléctrico y la falta de controles sanitarios, los cuales detonaron una tragedia ya anunciada.

Los cerros quemados son el hábitat de la gente más pobre del puerto. Sus calles sin asfaltar y callejones estrechos, esa parte que no se muestra en las postales, representa a ese otro rostro del Chile desarrollado que nos ponen como ejemplo a cada rato en conferencias y seminarios. La tragedia anunciada por los expertos sucedió. Ahora esa cuna de recuerdos, ese cobijo de artistas, poetas y soñadores tiene la dura tarea de resucitar una vez más.

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