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Opinión

Vorágine de muerte

Quería dedicar este artículo a comentar que podemos hacer de la Navidad una oportunidad para ejercer solidaridad y conciencia ecológica, en lugar de participar en la orgía de consumismo. Proponer la compra de productos hechos por manos guatemaltecas, porque esa es una forma de ayudar a compatriotas que trabajan para ganarse la vida, en momentos en los que eso se ha vuelto tan difícil que muchos pueden verse tentados a cometer actos ilícitos —como robar— para impedir que los suyos mueran de hambre o de frío.

MAGALí REY ROSA

Permitir que un compatriota se gane el pan para su familia, en lugar de enriquecer más una compañía extranjera, no es hacer caridad, y es “inteligente” —una de las definiciones de “inteligencia” que aparece en el Diccionario de la Real Academia Española es: la capacidad de resolver problemas—.

Comprar productos hechos aquí también ayuda en el combate del cambio climático, porque estos no tienen que viajar. El transporte de mercancías por todo el planeta —miles de barcos, trenes y camiones que recorren a diario millones de kilómetros para llevar melones del trópico al Japón, juguetes chinos a América, cosméticos europeos a Estados Unidos, petróleo árabe a Europa, etcétera— provoca la quema de miles de millones de galones de combustibles, los mayores responsables del cambio climático. Me hubiera gustado comentar que en Cancún, con una dosis de cinismo tan grande como de egoísmo, el grupo de países más contaminante —que incluye a Japón, Estados Unidos, Canadá y Australia, entre otros— está pidiendo “flexibilidad y el poder examinar los asuntos claves de los problemas ambientales” mientras millones de los empobrecidos del mundo sufren las consecuencias del cambio climático, estrechamente relacionado con exceso de consumo de los habitantes de esos países contaminantes.

Quería expresar mi admiración a Julian Assange y a quienes colaboran con él, porque nos permiten creer que todavía hay gente decente y valiente, que no se acobarda ante el poder. Pero todos esos argumentos palidecieron ante la indignación, la tristeza y el asco que me invadieron desde que supe del asesinato de Emilia Quan. No la conocí, pero vi su sonrisa en fotografías y he leído testimonios que la califican como vital, alegre e inteligente. Emilia iba a entregar publicaciones del Centro de Documentación de la Frontera Occidental de Guatemala, institución que hace estudios sobre temas sociales, culturales, políticos y económicos. Una joven socióloga cuya vida fue segada por la orgía de muerte en que se encuentra Guatemala. Hemos llegado, vertiginosamente, a un estado de violencia comparable al del conflicto armado.

Sumidos en esta vorágine de muerte, engaño, cobardía y egoísmo, ya no nos conmueve el dolor ajeno; y hasta hemos perdido la capacidad de relacionar lo que pasa a nuestro alrededor con lo que sucede con nuestras propias vidas. No es que la vida de Emilia fuera más valiosa que otras, pero su asesinato nos deja a todos más pobres de espíritu, de posibilidades, de esperanza. ¡Malditos los que la mataron! Nuevamente están eliminando a la gente valiosa, comprometida con Guatemala; no puedo dejar de pensar en Lisandro Guarcax también. Presento mis más sentidas condolencias a la familia Quan, y me sumo a las muestras de repudio por el cobarde asesinato de Emilia y a las voces que exigen su esclarecimiento.


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