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Opinión

ALEPH

Zoon politikon

El primer día de este año me encaminé hacia Pasos y Pedales, espacio peatonal que cada domingo se abre en la Avenida de La Reforma y la Avenida de las Américas. Buscaba iniciar el año caminando, por aquello de que sólo se hace camino al andar. Ese día no hubo Pasos y Pedales. Recorriendo algunas otras calles de la ciudad, llegué a la diagonal 6 de la zona 10, cerca de un gigantesco centro comercial. En plena vía vehicular, un indigente muy entrado en años caminaba tres pasos y se detenía unos minutos a tomar aire,

Carolina Escobar Sarti

CAROLINA ESCOBAR SARTI

 caminaba otros tres y se volvía a detener. Los carros le pasaban a uno y otro lado mientras él continuaba su camino sin detenerse.

Platicando con él luego, sentados en el camellón central que divide múltiples vías, descubrí a un hombre que transitaba entre la realidad y la locura, pero que hacía referencia a la historia de su país mejor que muchos y lo ubicaba espacialmente en su contexto americano. Nombró las zonas capitalinas que usualmente recorría, entre ellas la nueve, la 10 y la 15, recordó alguna casa donde le daban tamal en tiempos de fiesta, y se refirió a los tiempos de Ubico y Arévalo. “¿Le gustaba Ubico?”, le pregunté. “No”, respondió rotundo, y continuó: “Cuando llegó Arévalo parecía que no hubiera nadie en el Gobierno, aunque estaban pasando muchas cosas”.

No era la primera vez que escuchaba algo así de una persona mayor, pero las particulares condiciones de este hombre y sus estados de conciencia alterados me pusieron a pensar. Estamos tan acostumbrados al autoritarismo, al militarismo, a los caudillos y a los dictadores, que incluso en esas condiciones —o mejor dicho, gracias a ellas—, se tiene la impresión de que cuando no se ejerce el poder de manera autoritaria, no hay nadie en el timón del barco. Pareciera que, como ciudadanía, no sabemos ejercer la autonomía y mucho menos una convivencia más horizontal. Síndrome de infantilidad de un pueblo enfermo de opresión y terror.

Cuando Aristóteles habla del zoon politikon o “animal político”, inscribe formalmente al ser humano en una polis y lo dota de una identidad cultural y social. Por ello, hay sociedades que han logrado un ejercicio de poder más horizontal y una participación ciudadana mucho más amplia, dando paso a consultas populares y referendos valiosos que vinculan las decisiones de la ciudadanía con el ejercicio de la clase política que está para representarla. Pero aquí se ha manoseado el concepto por una muy monárquica clase política asociada a un intocable sector económico, y resulta que se llama animal político a cualquier caudillo o imitador de dictador que sabe mandar a la fuerza.

La polis es, por definición, un espacio político que saca al ser humano de su pequeño mundo privado y lo pone en un contexto social mucho más amplio, donde se toman decisiones que afectan a toda la ciudadanía. De aquí podríamos partir para hacer las cosas de otra manera, pensando en que cada uno y cada una de nosotros somos entes políticos, para no dejar en manos de unos pocos, el destino de toda una nación.

Nuestro imaginario colectivo está permeado por siglos de prácticas violentas y opresoras y no sabemos cómo vivir de otra manera que no sea bajo el yugo del autoritarismo y el terror. Llega el siglo XXI y en Guatemala la incertidumbre de nuevos escenarios hacen que nos preguntemos qué tipo de sociedad somos, qué queremos como nación y hacia dónde dirigimos nuestro andar.


Al iniciar el 2012, este hombre puso en la balanza el peso de una tradición genético-política que se niega a abandonarnos y que, de manera simple, pero contundente, nos sitúa frente a un espejo: el propio, el de una historia, el de un futuro, el nuestro.






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