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Prensa Libre

25/02/13 - 01:34 Opinión

CATALEJO

El Estado asesinó a Jennifer Alejandra

JENNIFER VÁSQUEZ ALquijay, de apenas tres años, es una víctima del Estado. Murió no solamente por haber tenido la mala suerte de tener una madre, Jennifer Alquijay Osorio, carente de todo valor maternal, presente no solo en los seres humanos sino en los animales, por ser un instinto tan arraigado como el de la autodefensa, el de reaccionar con valentía ante el peligro, pero también de defender a sus hijos.

MARIO ANTONIO SANDOVAL

Incluso muchas veces las madres los defienden aunque sean indefendibles y por ellos están dispuestas a sufrir cárcel, vejámenes y sufrimientos. Fue asesinada de 126 golpes, ¡126!, 83 mientras estaba aún con vida y 53 ya muerta. Es inimaginable el odio de una madre a algún hijo, sobre todo si su corta edad lo hace ejemplo de candidez.

LA NENITA JENnifer dejó de vivir por causa de los numerosos impactos causantes de moretes, de destrucción de sus órganos internos. Pero su muerte fue causada porque quienes se encargaron del caso —en el cual un angustiado padre, Eddy Vásquez, solicitaba la custodia de su niña— actuaron con desidia, irresponsabilidad, simplismo. No quisieron pensar en la posibilidad de estar frente a un ejemplo de maternidad desquiciada o ausente, y porque era lo más fácil, aceptaron la infame acusación de abuso sexual a la pequeña y lo agregaron a la gran cantidad de casos de abusos paternos, por desgracia tan abundantes. Siempre los hombres son los malos y las mujeres, las buenas. Fue generalización imperfecta e irresponsabilidad criminal.

ESTA IRRESPONSABILIdad del Estado provocó el crimen, y luego la invención por la madre de un secuestro y el asesinato de Jennifer. Luego comenzaron a salir detalles aun más escalofriantes: uno de ellos, el aparecimiento en escena de Jeny Dariana Chinchilla, calificada en los medios informativos como la “compañera sentimental” de la madre. Este hecho le agregó un factor adicional al caso y comenzó a proporcionar alguna de las explicaciones lógicas de la separación de los progenitores de la niña y a la insistencia de tratar de recuperarla por medios legales, en una batalla cuya pérdida por causa de la ya mencionada indiferencia, causó la muerte de la niña. Sin embargo, el elemento más perturbador para la conciencia nacional es otro: un video.

MILES DE TELEVIDENTES pudieron ver a la propia niñita, sollozando con mirada de desesperación, negarse a ser llevada de regreso con su mamá. Un niño de tres años no tiene aun la capacidad de mentir, de inventar. Si dice tener miedo, lo tiene. Si dice querer algo, lo quiere. Y si dice temer algo, lo teme. Ese video de la niñita llorosa debe ser reproducido y entregado a todos los jueces, tanto varones como mujeres, para recordarles la necesidad de analizar cada caso en particular, de no caer en la irresponsabilidad de la sobresimplificación. Y sobre todo, de actuar de inmediato cuando alguien —ya sea padre o madre, pero especialmente si es padre— afirma con vehemencia temer por la integridad física o emocional de sus hijos.

LA MUERTE INFANTIL ES una pena sin límites. Enterrar a un hijo es el doctorado de los dolores. Pero enterrar a una nenita cuya vida se truncó por causa de razones y actitudes burocráticas, debe ser imposible de aceptar. Admiro la entereza del padre en sus declaraciones a los medios informativos. No vi deseo de venganza, ni tampoco ira. Tiene una admirable fortaleza espiritual. Ahora vendrán los despidos, las peticiones de perdón a este joven, quien debió sufrir, además, una afrenta lacerante: el Estado decidió pagarle Q50 mil por negligencia, y la parricida —condenada a 44 años de cárcel— a un total de Q4,400 por daños psicológicos y Q3,620 por “daños”. El Estado no solo mató a Jennifer, sino insulta a su padre. No hay derecho.

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