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Prensa Libre

16/12/12 - 00:00 Opinión

Si me permite

Una atmósfera de religiosidad

“Tenemos la suficiente religión para odiarnos unos a otros, pero no la bastante para amarnos”. Jonathan Swift.

SAMUEL BERBERIáN


Sin mucho esfuerzo podemos observar la diversidad de modalidades y formas de celebrar las festividades propias de este mes, sean estas por la Navidad o bien por el Año Nuevo.

Lo más extraño es que lo que más destaca está en las diferencias, y no tanto en la razón de la festividad, y con sus respectivas justificaciones del porqué somos diferentes. Unos se ocupan en la propagación de su estilo y otros cuestionan lo que otros practican.

Claro que cada práctica tiene su tradición y su razón de ser, pero eso no debería descalificar la de los otros, sino simplemente enfocar la razón de la celebración y el efecto que esto debe tener en la conducta personal que al final será la influencia en la sociedad donde vivimos.

Esto me lleva a recordar una vivencia en mi niñez durante la Segunda Guerra Mundial, cuando con mis padres vivíamos en la ciudad de Tesalónica, en Grecia. Ellos, gente muy piadosa y dedicada a su fe en Dios, nunca dejaban de asistir a su iglesia, y nosotros sus hijos, allí con ellos, acompañándoles. Era una noche entre semana en que la gente se había reunido para orar, y uno de niño, sin poderlo evitar, mirando a todos lados para ver que estaba sucediendo.

Lo que me llamó la atención fue que algunos levantaban la mano, otros hincados y otros en máxima devoción persignándose, de lo cual surgió la pregunta de rigor: “¿Qué pasa, que cada uno hace diferente su oración?”. Cuando se la formulé a mi padre, la respuesta fue breve: “Hijo, cuando uno está en necesidad, no se mira el cómo…”.

No hubo más espacio para otras preguntas, no por eso la curiosidad hubiera estado satisfecha, por lo cual la observación siguió por un buen rato.

A la luz de la vivencia descrita, me pregunto hoy, ¿cuánto de nuestras prácticas es producto de la necesidad o simplemente una tradición que nos acomoda con nuestro medio para no vernos extraños? Claro está que no debo llevarme con juicios en lo que otros hacen, pero sí reflexionar lo que yo hago y que pretendo alcanzar.

Nuestra celebración de la Navidad y luego la celebración del Año Nuevo, debería llenar una necesidad muy personal que, una vez pasado toda la algarabía, pudiera reflejar algo en nuestro cotidiano vivir que no simplemente fue un día especial, sino la reflexión nos permitió retomar un camino mejorado, lo cual ha sido integrado a mi personalidad y no como lo veníamos haciendo como la rutina de la vida.

Deberíamos cuidarnos de que el amontonamiento y la algarabía propia de la época no apaguen la necesidad interna de una experiencia personal, que en estos días puede ayudarnos a satisfacerla con un momento de quietud y revaluación hecha sin la presión externa, sino la determinación interna.

Recordando la frase tan puntual y tan apropiada de mi padre que sigue siendo realidad: “La necesidad no mira el cómo”, pero sí mira lo que uno busca para una correcta satisfacción, que solo uno puede determinar, y que no está sujeta necesariamente a opinión de terceros, sino la valoración de corazón que le damos.

Que la ternura que la época propia de estos días inspira nos ayude a cambiar para bien, y por encima de si tenemos todo lo que nos gustaría tener para la celebración, lo importante es que tengamos una mentalidad de cambio que nos acompañe el resto de la vida.

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