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EDITORIAL

Beatificación de monseñor Romero

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La beatificación del arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras oficiaba misa, se convirtió el sábado pasado en un acontecimiento multitudinario que congregó sin incidentes en San Salvador a 200 mil personas, entre ellos numerosos representantes católicos foráneos, así como de los gobiernos del Istmo.

El hecho demuestra la gran importancia que el papa Francisco otorga al martirologio de quien ofrendó con su vida su lucha a favor de los desposeídos y contra la represión perpetrada por el régimen de ese entonces. Por ello, las homilías del arzobispo asesinado fueron calificadas, y aún lo son ahora, como ideológicamente comprometidas, además de contener un contundente mensaje evangélico de opción por los pobres.

El asesinato fue una de las causas de la guerra civil que asoló al país por doce años, con cauda de 75 mil muertos y 12 mil desaparecidos en los 35 años pasados desde el alevoso crimen, solo comparable a la masacre de los seis sacerdotes jesuitas ocurrido algunos años después. De la misma manera como ocurre en Guatemala, en la actualidad el número de asesinatos ocurridos diariamente es superior al que se sufría en los cruentos años de los conflictos armados internos en ambos países.

La beatificación, el paso previo a la canonización, convierte en venerable a quien le es otorgada, pero esta última es un proceso muy largo que puede durar siglos, como fue el caso del hermano Pedro de Betancourt. Sin embargo, monseñor Romero es un hombre de estos tiempos, de la Guerra Fría, de las lacerantes condiciones sociales y económicas de Centroamérica, que se mantienen con el agregado del enorme aumento de la población, que provoca una pobreza causante del éxodo hacia Estados Unidos. Ello lo hace cercano a los fieles católicos del área.

En la ceremonia hubo símbolos importantes, entre ellos la presencia tanto del expresidente Cristiani, en cuyo gobierno se firmaron los acuerdos de paz, y de Roberto D´Abuisson, hijo del autor intelectual del asesinato y fundador del partido Arena, ahora situado en la oposición política.

Otro factor en esa línea fue la carta de halago al nuevo beato, enviada por el presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama. Pero sobre todo la masiva presencia de ciudadanos hizo despertar la esperanza de que termine la violencia criminal de las pandillas y demás grupos de sicarios que asolan hoy a los salvadoreños.

El mundo actual es otro, pero las causas de la pobreza aún se mantienen y han aumentado. El asesinato de monseñor Romero fue uno de los peores hechos de la guerra en Centroamérica a causa de división este-oeste del mundo. El mejor homenaje que se le puede hacer consiste en trabajar porque mejoren las condiciones de vida de los centroamericanos, y también comprender que la violencia, por ser ciega, no es la manera de dirimir las diferencias de criterios, de cualquier tipo que estos sean. La violencia contra la cual luchó monseñor Romero, ya no es política, sino social. Su mensaje debe ser escuchado por los criminales comunes.