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05/08/13 - 00:00 Opinión

El quinto patio

La casita en la pradera

Recordé esa serie televisiva de la década de 1970 al ver fotos de las propiedades de Francisco Eduardo Villatoro Cano, uno de los hombres más buscados por las fuerzas del orden. Caballos pura sangre, gallos de pelea y toda clase de objetos de lujo encontrados en sus numerosas mansiones contrastan de manera radical con ese concepto setentero, austero al extremo, del estilo de vida de la familia Ingalls de la casita en la pradera.

CAROLINA VáSQUEZ ARAYA


¿Por qué recordé esa serie almibarada y romanticona ante el despliegue de riqueza de Guayo Cano? En realidad no lo sé, pero de algún modo tiene que ver con la evolución torcida que ha tenido el concepto de éxito en la vida durante las recientes décadas. Esa obsesión por el poder y el dinero, capaz de elevar el delito a la categoría de estrategia, ha sido una de las causas de mayor decadencia moral de nuestras sociedades; y, por el otro lado, el regreso a los valores fundamentales —como es un concepto realista de las necesidades básicas para tener una vida digna— cae al nivel de conformismo o simple y llano fracaso.

El regreso a los valores y principios de conducta alineados con una visión de ciudadanía según la cual se sume el aporte de cada quien, podría ser la base de un cambio radical en el actual sistema de vida y, por ende, una manera de comenzar a enderezar las torceduras provocadas por la corrupción y la criminalidad. Esto, sin embargo, no parece tarea fácil ante el embate de nuevos conceptos de éxito que han echado raíces muy profundas en las nuevas generaciones, todos ellos amarrados a la conquista de espacios de poder y a la acumulación de bienes materiales.

De acuerdo con estas nuevas pautas resulta más complicado llevar una vida modesta que subirse al carro del enriquecimiento ilícito. Quienes luchan por mantenerse adentro de los límites marcados por la ley tienen menos oportunidades de éxito que aquellos avivados conocedores de todos los trucos, siempre listos para aprovechar los resquicios del sistema para abusar y escamotear lo que corresponde a otros.

Volviendo a la casita en la pradera, ¿quién podría vivir así, cultivando su pedacito de tierra sin necesidad de químicos ni semillas modificadas, sin pagar sobornos, sin sufrir extorsiones, sin verse atrapado en un sistema corrupto? De ser esto posible, ¿se consideraría un éxito de sostenibilidad o esa familia pasaría a engrosar el amplio contingente de quienes nunca triunfaron en la vida?

Es, entonces, procedente preguntarse si la acumulación de bienes trastorna la visión del bien y el mal de quienes observan este despliegue. Si no despierta un deseo de emulación o adormece su sentido de la moral. Al final de cuentas, sería interesante conocer si una vida al estilo de los Ingalls, con sus vaivenes y problemas cotidianos, con el trabajo requerido para conseguir sobrevivir dignamente y educar a sus hijos en un sistema de valores, no es vista como indeseable, precisamente por el inevitable esfuerzo implícito. El ejemplo de estos carteles, por lo tanto, impacta en la sociedad de más de una forma. Siembra la duda y debilita la conciencia, y las nuevas generaciones en formación constituyen el objetivo perfecto.

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