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Opinión

PUNTO DE ENCUENTRO

El circo

Cambiamos de año, pero las mentalidades y los métodos parecen seguir siendo los mismos. Con una irresponsabilidad que espanta, los máximos líderes políticos se plantan frente a la ciudadanía para hacer del tema de la seguridad un circo. Desde la oposición continúan empeñados en sacar réditos electorales a la violencia y a la inseguridad jugando con el dolor de las víctimas y de sus familias.

Marielos Monzón

MARIELOS MONZóN

A sabiendas de que los resultados serán infructuosos se lanzan a una furibunda campaña donde ofrecen mano dura y mano recontra dura, para sorprender a algunos incautos ciudadanos que ante la ola incontenible de delitos y la campante impunidad pueden llegar a creer que eso aportará algún tipo de solución.

El colmo es que desde el Congreso se monten escenografías, como si se tratara de un teatro, para abordar una problemática que requiere una actitud seria que anteponga los intereses nacionales a los partidarios y/o sectoriales. No se vale, con tal de desgastar al Gobierno, utilizar todo tipo de artimañas que no solo no contribuyen a resolver el problema, sino lo agravan.

Al otro extremo del tablero encontramos un gobierno que no ha sido capaz de articular un verdadero acuerdo de nación entre las fuerzas vivas del país en el que se establezcan consensos sobre un número reducido, pero efectivo de acuerdos viables que de a poco —nadie puede ser tan irresponsable de pedir milagros y cambios inmediatos— vayan sacando al país de este pozo oscuro de violencia y barbarie. Por el contrario, viendo lo que está ocurriendo en México y a sabiendas de lo que puede significar en un país como el nuestro —con un Estado tan frágil y una debilísima institucionalidad— una medida como la adoptada en Alta Verapaz no se le ocurre mejor camino que restringir las garantías y dar vía libre a perseguir a cualquiera con cara de “zeta”. La desarticulación de los grupos criminales requiere de una estrategia global que, entre otras medidas, les impida disponer del dinero ilícito que corre por las venas de nuestro sistema financiero. Pero de eso, nada.

Y qué decir de aquellos que lo único que hacen es dedicarse a tirar piedras y lanzar envenenados dardos contra la posibilidad de incrementar los ingresos del Estado. En Guatemala tenemos la seguridad de que pagamos, y estamos viendo claramente los penosos resultados. Un Estado sin recursos es incapaz de hacer frente a sus obligaciones, y por eso una no se explica cómo es posible que la reforma fiscal haya sido para el Gobierno moneda de cambio y negociación para alcanzar acuerdos en el Congreso y con el sector económico.

Hasta la saciedad se ha demostrado que el tema de la seguridad requiere de un abordaje integral y no es solamente una cuestión de policías (en nuestro caso también del Ejército) y ladrones. La represión es solamente una parte, la inversión social (para la que también se requiere recursos) a través de programas que disminuyan la pobreza y la indigencia es fundamental si queremos evitar que el país se convierta en una gran cárcel repleta de jóvenes ni-ni (sin educación ni empleo) mientras los grandes capos siguen haciendo negocios, financiando partidos, candidaturas, bancos y hasta equipos de futbol.

Si seguimos con el circo electoral, lo único que conseguiremos es más de lo mismo y con peores resultados, porque el tiempo avanza. Un acuerdo de país sobre seguridad, en el que también se discutan los recursos, es la única salida viable antes de convertirnos en una tierra de nadie.


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