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27/01/13 - 00:00 Opinión

Tiempo y destino

La clase media y sus angustias

La ausencia de estadísticas frescas, y al día, hace de la población guatemalteca una de las menos informadas del mundo, deficiencia nacional que recae sobre la función administrativa gubernamental de todos los tiempos.

LUIS MORALES CHúA


Las estadísticas oficiales —según criterios internacionalmente aceptados— constituyen un elemento indispensable en el sistema de información de una sociedad democrática y proporcionan al Gobierno, a la economía y al público datos acerca de la situación económica, demográfica, social y ambiental.

En Guatemala no solamente escasea esa información, sino que es poco confiable.

Por esa situación, que no debería existir, la opinión pública desconoce las diarias oscilaciones de la inflación, el número exacto de nacimientos en un mismo día, y otros datos de menor, igual o mayor importancia.

Por la misma causa no es posible conocer en forma inmediata los movimientos cuantitativos que se producen diariamente en las clases medias, datos de gran utilidad para saber cuántas personas mejoran, caen en la pobreza o ingresan en el estamento de la pobreza extrema.

Lo que sí se presume es que la clase media baja crece constantemente.

¿Cuáles son las causas? Entre las principales se admite una: el alza constante del nivel general de precios de bienes y servicios, lo cual disminuye el poder adquisitivo del quetzal.

En 1914 un automóvil nuevo, marca Ford, tenía un precio de US$800, equivalentes a ochocientos quetzales —aunque se debe recordar que hubo tiempos en los que el quetzal tenía mayor valor que el dólar estadounidense—; hoy en día uno de esos vehículos, de los más baratos, tiene un precio, más o menos, de Q120,000.

En 1950, una vivienda de colonia, modesta —las primeras colonias fueron construidas por instituciones estatales—, tenía un precio de dos mil a cinco mil quetzales. Ese mismo tipo de vivienda en la actualidad es vendida en ciento cincuenta mil quetzales o más.

Sin ir tan lejos, el fenómeno inflacionario puede ser visto y sentido en el elevado coste del suministro de agua potable, teléfonos, electricidad y pasaje en autobuses.

Si se desea otra causa para determinar por qué una persona tiene que invertir cien veces más dinero en comprar hoy lo que compraba hace medio siglo hay que mirar a las malas políticas administrativas como fuentes del conflicto.

Todo se encarece: alimentos, medicinas, útiles escolares, cine, teatro, telas, zapatos, ataúdes y un sinfín de artículos que cada vez por sus precios se alejan de las condiciones financieras de las clases media-media y media baja.

Otra evidencia del empeoramiento del poder adquisitivo de la moneda guatemalteca y sus efectos en la clase media es la emisión de billetes de doscientos quetzales. El mensaje es claro. Con uno de esos billetes se compra ahora lo que antes se compraba con uno de cien y no se debe olvidar la desaparición de los billetes de cincuenta centavos y varias monedas de baja denominación.

Además, hay que traer a colación el déficit fiscal y volver los ojos a lo que sucede en países donde los estadistas abundan, pero fallan en la praxis. España es un ejemplo. Tiene un déficit tan grande que los restantes países de la Unión Europea están acudiendo al rescate de la situación financiera de ese país. Uno de sus efectos es la impresionante cantidad de personas sin trabajo que por estos días roza los seis millones. Necesario es citar a España porque en Guatemala las políticas españolas parecen estar siendo tomadas como modelo: reforma tributaria, reforma educativa, y nada raro sería si de pronto es puesta en práctica una reforma laboral que tire a la basura algunas de las conquistas logradas por los trabajadores guatemaltecos.

Finalmente, obsérvese el hecho de que Guatemala tiene una de las tasas más bajas de empleo en el mundo. Es decir, una enorme cantidad de personas sin trabajo.

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