Opinión

A contraluz Navidad chapina

No dejemos que muera la Navidad guatemalteca, porque con ella se iría mucho de nuestra precaria identidad.

Por POR: HAROLDO SHETEMUL

DOÑA JOSEFINA recién ha echado las tortillas al comal. El humo que sale de la leña de encino verde inunda el pequeño local. Alrededor del poyo se cocen los frijoles y se recalienta el café. Su esposo se afana en ofrecer muzgo y patas de gallo, mientras sus dos patojos venden cohetes a unos pocos metros de distancia. La clientela ha disminuido en el mercado navideño de los campos del Rusvel. Pero aun así el bullicio de los vendedores se mezcla con la variedad de olores y colores de la Navidad chapina. El pino, la pacaya, la manzanilla y el incienso es una apoteosis, junto con el intenso verde que predomina sobre el rojo grana, el amarillo oro del trigo y el multicolor del serrín. Darse una vuelta por este mercado es adentrarse al sincretismo religioso de nuestro pueblo.

LA NAVIDAD no es sólo un día. Se me antoja como una temporada donde se mezcla lo profano con lo sagrado. Desde las muestras del más desagradable oportunismo mercantil, hasta estas manifestaciones de interculturalidad que nos une a indígenas y ladinos. En Guatemala hay dos épocas del año que muestran esa grandeza de la mixtificación cultural y las dos tienen un origen religioso: la Navidad y la Semana Santa. Alfa y Omega de una figura cumbre del pensamiento y la religiosidad como es Jesús. Y en el ciclo dialéctico, cada año vuelve a representarse la alegoría del nacimiento y la crucifixión de quien dicen es el hijo de Dios. En ambas ocasiones las festividades del natalicio o la muerte le dan vida a todo un pueblo que ofrece lo mejor de su artesanía, manos e ingenio para sobrevivir la crisis económica.

BASTA VER de cerca la llamada “corrida del Niño”, en Sololá, para comprender la magnitud de la Navidad entre los pueblos mayas. Indudablemente ha habido una apropiación de la cultura occidental y le han dado una identidad propia, que incluye el multicolor traje indígena. También hay que ver el paciente y elaborado trabajo de los nacimientos antigüeños y las posadas que recorren caseríos y colonias por igual, para tener la dimensión de cómo todos los pueblos que habitan Guatemala se unen en un solo festejo. Y luego viene el festín: Variedad de tamales, ponche con piquete y manzanilla en dulce, hablan por sí solos de toda una cultura cultivada a lo largo de varios siglos. Esa es la Navidad que no debemos dejar de ir y que debemos desarrollar en nuestros hijos. No es esa Navidad de casas cubiertas con nieve y un señor gordo con pashama roja. No, la nuestra no es una blanca Navidad, la nuestra es de colores.

AMO EL OLOR a pino, manzanilla, incienso y mirra. Para mí esa es la Navidad que llevamos dentro y que se conjuga con las notas melancólicas de la marimba y la chirimilla. Jesús ha nacido en Camotán, Nebaj o Santiago Atitlán, en cada rancho donde son millonarios de insatisfacciones y pese al futuro ingrato que tienen ante sí no dejan de elevar al cielo sus manos para agradecer la vida, aunque sea perra vida pero al fin vida. Quizá hoy estoy optimista, aunque no debería estarlo. Por esas circunstancias que le suceden a uno, recién el pasado jueves me fracturé el brazo izquierdo. Desoyendo las recomendaciones del médico me puse a escribir. Y aunque lo estoy haciendo con un solo dedo de la mano derecha -el teclado suena como si estuviera picoteando maíz-, lo hago con gusto. Quiero compartir con ustedes, estimados lectores, este espíritu navideño que dura tan poco, pero que debemos ampliarlo en el amor a nuestros seres queridos.

YA DOÑA JOSEFINA y su esposo, junto con sus dos hijos, se sientan alrededor del fuego para cenar frijoles parados con crema, tortillas y café al estilo agua de calcetín. Para ellos esta época representa una forma de agenciarse de recursos económicos. Es lo que saben hacer y lo han transmitido de generación en generación. Ellos continuarán las tradiciones mientras haya quienes amen la cultura guatemalteca, y les compren un poco de magia decembrina. De igual forma pueden cambiar de actividad artesanal si esta costumbre se extingue por las modas extranjeras. Por eso, no dejemos que muera la Navidad guatemalteca, porque si llegara a suceder, con ella se iría mucho de nuestra precaria identidad.