CON NOMBRE PROPIO

Corazón con daga

|

Es la Semana Mayor y vienen los recuerdos, pienso en procesiones y me veo de 7 u 8 años, de la mano de mi abuelita por el parque San Sebastián o Morazán, en tumulto a la par de andas con marchas tristes; eso sí, con ansias del pirulí o algodón que me comprarían al final del cortejo.

Viendo procesiones me enteré de leyendas e historias, de la devota española quien le pidió a Cristo conocer su rostro y en sueños se le apareció para advertirle de que si eso deseaba tendría que conocer al Nazareno de La Merced, porque es la imagen en todo el planeta que más se le asemeja; también la existencia de un Cristo que sale en el Santo Entierro habiendo la imagen vagado por el mar ante la zozobra del barco que lo transportaba, y que el Nazareno de Candelaria, la procesión más concurrida, con casi 13 mil cucuruchos, emociona en su salida hasta al más pirujo y su color evoca a quienes habitamos por estas latitudes, siendo el único con la mirada de frente.

El huehueteco Horacio Galindo, gran amigo de la familia allá por la década de 1970, desde el Domingo de Ramos sacaba su acetato de marchas fúnebres y escuchaba, en su “tres en uno”, la música que evocaba la solemnidad. Pasábamos con mis padres la visita que con gusto se hacía para conocer de anécdotas y recuerdos.

También de patojito, con asombro, en Huehuetenango vi que la Pasión de Cristo se lleva, en vivo, con personajes de carne y hueso por la ciudad. Transita un Jesús golpeado por romanos, traicionado por Judas y cuyo anuncio de resurrección, a grito pelado, lo da un San Juan, al amanecer del domingo.

Gocé de un papá a quien le encantaba el tumulto procesional y pudimos un Viernes Santo ver la belleza del cortejo de San Nicolás en Xela, pero con regreso lo más rápido de lo imaginable porque una intoxicación nos obligaba.

Las procesiones, seamos o no católicos, es la tradición guatemalteca de la época, y el olor a respeto, incienso, flores y aserrín hacen, y lo he visto, emocionarse a los incrédulos. Desde güiro me impresionó el paso de Las Dolorosas. La imagen de la Virgen María, tras el Nazareno o el Santo Entierro, con la mirada taciturna y golpeada, con un corazón traspasado por una daga, son para mí la evocación más fuerte al dolor que puede sentirse ante una pérdida por violencia.

Cada quien tiene la idea de Dios que quiera y el Estado debe estar fuera de allí, pero esta época tiene una fuente religiosa y para quienes creemos en lo que significa, no debemos dejar de pensar en los miles de padres y madres que, como consecuencia de esta estúpida violencia y nuestro silencio cómplice, sienten, hoy, la daga en su pecho.

Si existiera un poquito más de amor, muchos estarían vivos y ese Calvario no fuera lo habitual, esperemos que en el futuro tengamos la ilusión de paz y la certeza, por lo menos formal, de vivir en un país que cuide la vida, o muchas Dolorosas seguirán caminando por la calle con su silencio desgarrador. Amén.

ESCRITO POR:

Alejandro Balsells Conde

Abogado y notario, egresado de la Universidad Rafael Landívar y catedrático de Derecho Constitucional en dicha casa de estudios. Ha sido consultor de entidades nacionales e internacionales, y ejerce el derecho.