Opinión

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Crimen forzado

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

HACE POCOS DÍAS, UN GRUPO de delincuentes secuestró a un estudiante de 16 años, en una aldea de Villa Canales. Sin razón aparente, lo golpeó y destruyó su ropa y uniforme escolar, para luego sacarlo de la comunidad y llevarlo a Villalobos para obligarlo a entregar un teléfono a un comerciante extorsionado por la gavilla. La Policía los capturó a todos, y hoy los jueces deben resolver el asunto, evaluando con serenidad y sin prejuicio alguno un caso como este y calificar pronto si el adolescente detenido es víctima de secuestro y coacción para entregar un teléfono —una oveja con piel de lobo— o si es un delincuente —un lobo con piel de oveja—.

LOS JUZGADORES ESTÁN BAJO enorme presión a causa de tantos casos ocurridos a diario, en los cuales se obliga a inocentes a delinquir. Pero debe actuarse con celeridad a fin de no abrir la oportunidad para más actos impunes de los criminales. Tampoco pueden permitirse dejar sin protección alguna a jóvenes como el de este caso cuando son llevados a un centro de detención como Las Gaviotas, porque allí las autoridades no tienen control interno. Son muchos adolescentes las víctimas enviadas a un infierno donde los demonios son criminales jóvenes para quienes los recién llegados son nuevos objetivos de su conducta criminal.

UNA VÍCTIMA DE LAS PANDILLAS no debe serlo también del sistema judicial. Las cárceles de cualquier tipo convertidas en escuelas del crimen al cual llegan “alumnos” de manera obligatoria constituyen una de los más serias deficiencias. Se justifica y es urgente la separación de quienes por primera vez llegan a las cárceles, en especial si se trata de casos sin violencia. En el comentado en estas líneas, la principal investigación debe ser dirigida a establecer las razones de la ya mencionada participación del estudiante. De este drama humano me enteré por casualidad, pero evidentemente no es el único, y no será el último, porque el sistema judicial es demasiado lento.

Del mismo palo…

Los ataques Taracena–Fajardo prueban la desunión de la UNE.

LA POLÍTICA, SEGÚN UNA VIEJA definición, es la ciencia de lo posible, pero en Guatemala resulta ser la ciencia de lo imposible, de lo impensable. La última prueba de esto la constituye lo ocurrido en el pleno del Congreso de la República, convertido en escenario de un intercambio de señalamientos e insinuaciones muy graves entre dos miembros del mismo partido, perdón,  de la misma agrupación electorera bautizada con ese nombre en el subdesarrollado mundo de la actividad política nacional. Me refiero a lo expresado por el presidente del Congreso, Mario Taracena, y el diputado César Fajardo, ambos de la Unidad Nacional de la Esperanza.

SEGÚN DIJO TARACENA, Fajardo está enfurecido porque le quitaron 36 plazas fantasmas, así como una oficina cuyo alquiler cuesta 2,800 dólares. Quien fue mencionado afirmó “si fuera ciudadano común le diría estúpido”, y al mejor estilo de patojos de escuela, lo retó a salir a la calle a dirimir diferencias.  Al día siguiente hubo una disculpa, pero el alto funcionario legislativo la dio por haberse equivocado en el número: no son 36 plazas, sino 39.

LO OCURRIDO PRUEBA el distanciamiento entre Taracena y la propietaria de la UNE, Sandra Torres. El diputado Fajardo representa la opinión de ella, y esto lo comprueba su historial: fue representante de la UNE en el Tribunal Supremo Electoral, abogado del matrimonio con el expresidente Colom y dentro de su historia como diputado destaca haber sido el único representante de ese partido cuyo voto fue en contra de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala. La lucha sorda  por forzar a Taracena a renunciar, solo comprueba la división interna y la independencia de actuar del mencionado controversial multitránsfuga.